IDíPUS
TYRANNOS: LA CONSPIRACION DE LAS MUJERES
de Sófocles
(Versión de Iánnis Zómbolas)

(Aparece Yocasta como Tiresias: larga túnica negra, gorro negro de
lana, cayado, poblada barba blanca y bigotes, anteojos negros sobre una gran
nariz e inmensas manos. Durante toda la escena entre Tiresias y Edipo, estos dos
cantarán su texto operísticamente, mimando el ritual ortodoxo, superponiéndose
con frecuencia. Mientras Edipo, quien se puso de nuevo la túnica blanca de
bordes dorados, comienza con su primera estrofa, Ismena ayuda a Yocasta a
subirse al banco de la izquierda, de modo que ésta parece muy alta. Ismena
muestra ceremoniosamente el libro al público, lo deja parado sobre el banco del
medio, hace una reverencia, y va hacia el proscenio. En adelante, dirá su texto
superpuesta a los otros dos y actuándolo intensamente, como si fuera ellos
mismos.)
ED
O, tiresía, pu óla taexetá$is, ke uránia, ki epíguia, parólo pu denéjis
tofósu, xéris ómos piá simforá pnígui tinbóli. Kiangáti xéris, cremómaste
aposéna.
YO ¡Aj,
aj!
IS
¡Oh, Tiresias, que todo lo comprendes, los misterios del cielo y de la
tierra! Ciego eres, pero miras en qué amarga dolencia se abate la ciudad. Los
dioses nos dicen que la única manera de terminar con esta plaga es descubrir y
castigar a los que a Layo asesinaron. No nos niegues tu ciencia, da tu saber
profético, estamos en tus manos.
YO
¡Tí foberó na xéris tin alízia ke nasuíne anófeli! 'Ola túta taíxera,
mataéjo lismonísi. ¡Áseme naguiríso spítimu!
ED ¡Aj!
IS
¡Qué terrible es el saber cuando a uno le es estéril! Todas éstas
cosas las sabía, pero las había olvidado. ¡Déjame volver a casa!
ED ¡Guiatuszeús,
mí fíguis, suprospéftume óli ikétes!
IS
¡Por lo dioses, no te vayas, te lo rogamos todos suplicantes!
YO An
macúsis zaíne kalítero keguiatus díomas.
IS ¡Si me escuchas va a ser mejor para
los dos!
ED ¡Talóguiasu
ádica kepicrá stinbóli!
IS ¡Tus palabras son erradas y amargas
para la ciudad!
YO ¡Potému
de zamilíso egó guiaftá pu xéro!
IS
¡Nunca hablaré sobre aquello que sé!
ED ¡Tí
les! ¡Xéris kedé zapís!
IS ¡Qué dices, lo sabes y no hablas!
YO ¡Dé
zalipíso esé kiemé! ¡Dé zasupó úte léxi!
IS ¡No quiero causar dolores ni a tí ni
a mí! ¡No te diré ni una sola palabra!
ED ¡Méstus
cacús opió cacós esí! ¡Etsi tóso sclirós kialíguistos zamínis!
IS
¡El más malvado de los malvados! ¡Te mantienes terco y pertinaz!
YO
¡Catigorís tinorguímu ke dé blépis aftín pu $íi ma$ísu! ¡Aftá
zaguínun, kian egó sopáso!
IS ¡De ira me inculpas y no ves la que
mora dentro tuyo! ¡Todo ocurrirá aunque yo calle!
(silencio)
ED
¡Lipón, kiaptin orguímu, muérjete stonú pos ebóizises tofóno! ¡Kian
tiflós denísun, zaélega pos to érgo íne dicósu!
IS
¡Bien, en mi ira me viene a la mente que tú colaboraste en el crimen!
¡Y si no fueras ciego, diría que es obra tuya!
YO
¿Alízia? ¡Tóte léo pistós namínis staprín kirigmatásu! ¡Esíise
oídios pu anósia tijóra aftí molínis! ¡Foniás tuándra pu$itás esíise léo!
IS
¿De veras? ¡Entonces te anuncio por cierto que todo lo que dices caerá
sobre tí! ¡Tú mismo eres quien impíamente a este pueblo contamina! ¡El
asesino que buscas, ese asesino, digo que eres tú!
ED ¡Aj!
¡De za mexanabrísis díjos timoría!
IS
¡No volverás a insultarme sin recibir castigo!
YO ¡Ialízia
dinamímu!
IS
¡Me mueve la verdad!
ED ¡Tiflé
stamátia, tiflé stisképsi!
IS
¡Ciego de los ojos, ciego del alma!
YO ¡Distijisméne,
metaídia lóguia nasebrí$un óli!
IS
¡Infeliz, esas mismas palabras lloverán sobre tí!
ED ¿Ocréondas
tasofístiken etúta?
IS
¿Fue Creón el que planeó todo ésto?
YO ¡'Oji
ocréon!
IS
¡No!
ED ¡Plúte
ke basilía! Kiocréon zéli tóra dolerá namupári tétion mágo ki apateóna.
IS
¡Mando y riqueza! Y ahora Creón, él, que se dice mi amigo, presenta
rastreramente a éste videntucho, bandido...
YO ¡De
blépis se pió cacó íse mésa, míte páli pú catikís, míte me piús andáma!
IS
¡No ves la infamia en que vives, ni dónde vives ni con quién
cohabitas!
ED ¿Zaróndas
pos za stékis mexusía plái stucreónda tuszrónus?
IS
¿Acaso crées que algún día vas a estar muy sentado a la derecha del
trono de Creón?
YO
¿Ketája gnorí$is tigueniásu?
IS
¿Y acaso sabes de quién naciste?
ED ¡Perímene!
¿Píi méjun cáni?
IS
¡Espera! ¿Quiénes me dieron la vida?
YO ¡Ftani!
¡Féfgo!
IS
¡Basta! ¡Me voy!
ED ¿Tí?
¡Lipón! ¡Fígue! ¡De zamas féris áli stenojória!
IS
¿Qué? ¡Bien, vete! ¡Ya no nos traerás más preocupaciones!
YO
Kesuléo xaná.
IS
Y te lo digo otra vez.
(Silencio. Ismena se arrodilla y comienza a hablar, superpuesta con el
canto correspondiente de Yocasta, como una pitonisa en trance)
YO
Oándras pukeró guirévis tóra íne do péra. Kian ton léne xéno, zibéos
zafaní, ke dé zajarí guiaftí timávri tíji. Guiatitiflós enó íje prin
tofóstu, ftojós andí guia plúsios zaplaniéte staxéna. Ke zafaní patéras
kiaderfós stapediátu, ketismánas ándras keguiós ma$í, ketugoniútu foniás
kesfeteristís.
IS
El hombre que buscas, ahora está aquí. Y si bien le dicen extranjero,
se verá que es tebano, y no se alegrará por conocer esta negra suerte. Porque
el que ve, ciego será, y el rico, en la miseria, vagará errabundo en el
extranjero. Y se verá que es el padre y el hermano de sus hijos, de su madre
tanto hijo como marido, y de su padre, asesino y usurpador.
ED ¡Fígue!
¡Fígue! ¡Fígue!
(¡Vete, vete, vete!)
(Yocasta se desprende de sus atuendos de Tiresias, mirando a Edipo
siniestramente. Lanza una carcajada, y va detrás del póster a dejar sus cosas)
IS
Desde la altiva cumbre del Parnaso salió la voz vibrante y poderosa. ¡Espantoso
es el temor que infunden los agueros del sabio vidente! ¡Imposible creer en
ellos, tampoco desecharlos!
(Ismena va a buscar el libro, y lee frenéticamente su texto. Edipo va
fuera de sí de un lado al otro del escenario)
IS
Creón, enterado de los cargos por Edipo contra él formulados, se
presenta airado para esclarecer su nombre. Pero el rey persiste en su acusación.
(Aparece Yocasta sosteniendo en sus manos una marioneta de Creón)
ED ¡E,
sí, pós írzes edó péra! ¡Kléfti kedolofóno!
(“¡Eh, tú, cómo vienes aquí! ¡Ladrón y asesino!”)
(Edipo y Yocasta van ilustrando la escena con cuadros como de
historieta, en posiciones rápidamente armadas y congeladas, con la marioneta
representando a Creón, vestido como antes Yocasta cuando lo personificaba; de
hecho, igual que Edipo)
IS
Creón insiste en su inocencia, y trata de hacer ver a Edipo que, como
hermano de la reina y segundo en el poder, tiene todo lo que quiere y sin
preocupaciones. ¿Para qué ambicionar entonces un trono siempre cargado de
trabajo y de angustias? Propone consultar al oráculo sobre la supuesta
conspiración, pero Edipo no quiere perder el tiempo.
ED ¡Kedé
zasedióxo aptijóra! ¡Zélo nascotozís!
(“¡Y no voy a expulsarte de la ciudad! ¡Voy a matarte!”)
YO ¡Ma
deníse basiliás, alá tirános!
(“¡Pero no eres rey, sino tirano!”)
ED ¡Aa,
póli! ¡Póli!
(“¡Ah, ciudad! ¡Ciudad!”)
IS
La reina, Yocasta, se presenta e interrumpe la reyerta reprendiendo a los
príncipes por abochornar así al palacio mientras la tierra soporta tantos
males. Los obliga a reconciliarse, pero Edipo no quiere transigir.
ED ¡Pánda
zamu íne misitós ópu kianbái! ¿Lipón, de za mafísis?
(“¡Siempre me va a ser odiado, vaya a
donde vaya! ¿Bueno, no me vas a dejar?”)
IS
Creón, antes de retirarse, le señala a Edipo que, cuando la ira lo
domina, se vuelve insufrible y de su propia alma el peor enemigo. En cambio él,
Creón, para aquellos que lo conocen, todavía sigue siendo el mismo.
(Ismena vuelve a su libro, al lado del radiograbador. Yocasta guarda la
marioneta de Creón)

(Yocasta entra impetuosa. Edipo, ya sin su túnica real, hablará en
toda esta escena con un fuertísimo acento -hasta el grotesco- de inmigrante)
YO Por
lo dioses, príncipe, declárame la causa de tu enojo tan intenso.
ED Tu
hermano, Créon, es la causa. ¡Pregona que yo soy el asesino de Láio!
YO ¿El
mismo lo dice?
ED Bien
se cuida de nada declarar. Trajo a un adivino pervertido.
YO No
te preocupes de esta acusación. ¿Adivinos? ¡Engaño! Y voy a darte una
prueba.
(Ismena prende el grabador. Se escucha el solo del pastor cantando
"To mnímamu najtísete, aj, manúlamu": "Mi tumba constrúyeme, oh, mamita mía". Yocasta y Edipo escuchan asustados, mientras ella da un rodeo por el
escenario, como cerciorándose de que nadie está escuchando lo que va a decir.
Se le acerca)
YO
A Láio le vaticinaron una vez que moriría por mano de un hijo suyo y
por mí engendrado. Y es de conocimiento público que sucumbió a manos de unos
bandidos donde convergen tres caminos. El único hijo que tuvimos, no bien había
cumplido tres días, mandó a que lo arrojaran a una montaña desierta, con los
pies ensartados con un garfio de hierro. Ya ves qué mal quedó el oráculo: ni
el niño fue asesino de su padre, ni murió éste en manos de su propio hijo. ¡Así
de ciertos son los vaticinios!
ED ¡Qué
vuelo azota mi alma vagabunda cuando te oigo, mujer!
YO ¿Qué
es lo que te acongoja?
ED
Dijiste que Láio sucumbió en donde convergen tres caminos... ¿En qué
punto preciso del país?
YO
La tierra es Fócida, y el lugar preciso es donde el camino de Delfos se
une con el de Dáulide.
ED ¡Dios,
qué decidiste hacer conmigo! ¿Qué aspecto tenía Láio?
YO
Alto, sus cabellos comenzaban a ponerse como la nieve. Su figura tenía
un aire parecido al tuyo.
ED
¡Mísero de mí! ¡Mi alma se desmaya con sólo pensar que el adivino sí
veía y muy bien! ¿Cómo iba? ¿Sólo? ¿Con muchos acompañantes?
YO Eran
cinco. Lo conducía una carroza.
ED ¡Claro
como el día! Pero, mujer, ¿quién vino a dar la noticia?
YO Un
criado de la casa, el único sobreviviente.
ED ¿Se
halla en esta casa?
YO
Cuando regresó y te encontró en el trono, vino a rogarme que lo dejara
ir al campo a pastorear. Digno era de eso y de mucho más.
ED ¿Puede
regresar y lo más pronto posible? ¡Quiero verlo a toda costa!
YO Claro
que puede. Pero, ¿no merezco saber qué te atormenta?
(Edipo se arrodilla frente a ella y le besa las manos)
ED
¿Cómo podría negártelo? Te venero más que a todo, y, ¿qué mejor
confidente para confiarle estas angustias?
(Ismena se para, y va a acomodar los tres bancos en el fondo a la
derecha. Allí se sienta a comer los kurambiedes, mientras sigue leyendo
atentamente el libro)
ED
Mi padre fue Pólibos, rey de Corinto, y Merópi de Doria, mi madre.
Cierta vez, en un festín, un hombre, estando ebrio, me dijo que yo era un hijo
adoptivo. Clavó ese pensamiento en mi corazón, y desde entonces el alma me
pulsaba continuamente. A escondidas de mis padres fui al oráculo, pero no me
respondió a mi pregunta. En cambio, dio una tremenda profecía, insufrible de oírse:
que yo entraría en el lecho de mi propia madre y de ese trato engendraría una
prole abominable para todos los hombres, y que además yo habría de ser el
asesino de mi propio padre. No bien oí este monstruoso anuncio, me di a la
huida, alejándome de Córinzo y guiado por las estrellas lejos, donde estos
vaticinios no pudieran cumplirse. Y así, errando, llegué al lugar en que
afirmas que fue muerto Láio. Me topé con una carroza que llevaba a un hombre
como el que has descrito. Primero un sirviente y luego él mismo me quisieron
sacar del camino con violencia. Cuando estuve a su alcance, dio sobre mi cabeza
un furioso azote con su látigo de dos puntas. ¡Muy caro le costó! Como un
rayo con mi bastón lo hice caer de espaldas, y quedó en el medio del carro. Lo
había matado del golpe, y así maté a los otros cuando se me abalanzaron. Si
aquél hombre era Láio, ¿habrá alguien más infeliz que el que estás viendo?
Nadie podrá recibirme en su casa ni dirigirme la palabra. ¡Ahora veo que
cuando maldecía al asesino me maldecía a mí mismo! ¡Ya no podré ver nunca a
mis seres amados! ¡Y si volviera a mi patria me expondría a ensuciar el lecho
materno y matar a mi padre! ¡Me aterra todo esto! Pero conservo una chispa de
esperanza: oír al criado que ha sobrevivido.
YO ¿Qué
esperas lograr?
ED Si
cuenta todo igual que tú, yo quedo fuera del problema.
YO ¿A
qué palabras mías te refieres?
ED
Bandidos, dijiste a los hombres que lo mataron. Si el pastor declara que
fueron varios, ya no soy yo. Pero si afirma que el asesino era uno...
YO
Eso dijo él ante todos y siempre lo repitió la ciudad entera. Todos lo
oyeron, no solamente yo. No lo puede desmentir. Pero una cosa es segura: desde
ahora, nunca más atenderé a los oráculos.
ED
Muy bien dicho. Igualmente, manda a alguno que traiga acá a ese
campesino, y que no tarde.
YO
Mando por él enseguida. Basta que te agrade para que yo lo quiera.
(Yocasta comienza a salir, y Edipo se encoge, angustiado, con un
sollozo ahogado “¡Mána!”: “Mamá”. Ella lo percibe, va a abrazarlo, y así quedan, durante un rato, en
intenso abrazo nervioso, del cual se separan bruscamente. Quedan mirándose
frente a frente un largo rato, mientras Ismena comienza su parlamento, avanzando
hacia el proscenio)
IS
Que logre el destino que por siempre guarde yo la pureza integral, tanto
de obras como de palabras. Leyes sublimes que imperan en las alturas, rijan y
hagan que sean rectas todas. El orgullo, si llega a desbordarse de grandeza y ya
no atiende lo útil ni lo justo cuida, sube y se encumbra a la altura más
elevada, pero desde allí se despeña en un profundo y apretado abismo.
(Yocasta va a ponerse la túnica negra y toma el plato de kurambiedes,
mientras Edipo va a sentarse cabizbajo a uno de los bancos. Ismena da un lento
rodeo por detrás del haz de luz que cae en el centro del escenario, mirándolo.
Al llegar al centro, sube su mirada hacia a la luz, y Yocasta avanza hacia
proscenio y se arrodilla. Ismena va al grabador, pone la pausa, y deja de oírse
la voz del pastor. Toma el libro, se acuesta, y lo abre)