IDíPUS TYRANNOS: LA CONSPIRACION DE LAS MUJERES

de Sófocles  

(Versión de Iánnis Zómbolas)

 

ESCENA XI

(Ismena cambia el cassette, prende el grabador, y se escucha muy quedo una vez más el sólo del pastor "To mnímamu jtísete". Edipo se toma, dolido, los pies, y advierte entonces a Yocasta, que avanza lentamente apoyándose en su bastón)  

ED       Ná, aftón dé dosinándisa poté. Nomí$o tóte posblépo toboskó puóra tóra $itúme. (A Ismena) ¿Guiaftón edó milúses?

(“Ahí está, a éste no me lo encontré nunca. Creo que entonces veo al pastor que ahora buscamos. ¿De éste aquí hablabas?”)

IS         (Hablando como un anciano) Es él. Lo ven tus ojos.

ED       (A Yocasta) $ígose, guéro, kitaxéme kiapocrísu s'ó tirotó. ¿Tu láius dúlos ísun?

            (“Acércate, viejo, mírame y contéstame a lo que te pregunto. ¿Siervo de Láios eras?”)

YO       Siervo y no adquirido. Nací en casa de Láio.

ED       ¿Piés iduliésu, tí $oí pernúses?

            (“¿Cuáles eran tus trabajos, cómo te ganabas la vida?”)

YO       Lo más de mi vida se me fue en pastorear.

ED       ¿Kesepiá méri pió sijná briscósun?

            (“¿Y en qué lugar más a menudo se te encontraba?”)

YO       En el Kizerón. A veces. Otras en lugares diferentes.

ED       ¿Aftón lipón tong$éris, cápu ekí tonídes?

            (“¿Y bien, a éste lo conoces, alguna vez allí lo has visto?”)

YO       ¿Haciendo qué? ¿Qué hombre dices?

ED       Guiatúton dó. ¿Ton éjis sinandísi?

            (“Al que ves. ¿Te lo habías encontrado?”)

YO       Podría ser... No recuerdo muy bien.

IS         En aquel remoto tiempo en las laderas del Kizerón andábamos juntos, él con sus dos rebaños, yo con uno. Tres veranos pasamos en esa región, seis meses cada vez, desde la primavera hasta el día en que inicia su viaje la estrella del Boyero. Cuando llegaba el invierno, él volvía a las tierras de Láio y yo a Córinzo. ¿Es así o no, como digo?

YO       Es verdad, pero... ¡pasó tanto tiempo!

IS         ¿Recuerdas que en cierta ocasión me diste un niño, para que lo cuidara como mío?

YO       ¿Y qué? ¿A qué vienen estas historias?

IS         Amigo, ese niño de entonces... es éste, tu rey.     

YO       ¡Basta, alimaña! ¡La boca cerrada!

ED       ¡A, guéro, min donbrí$is, stadikásu lóguia teriá$i timoría kióji ekínu!

            (“¡Ah, viejo, no lo insultes, tus propias palabras merecen castigo, y no a las de él!”)

YO       ¿Qué, en qué te he ofendido, oh gran señor?

ED       Den apandás guiatopedí puserotái.

            (“No respondes por el niño por el que te pregunta”)

YO       ¡Ese habla por hablar, y sin sentido!

ED       ¡Metocaló andenbís, klégondas zamilísis!

            (“¡Si no lo dices por las buenas, hablarás llorando!”)

YO       ¡Por los dioses, no van a hacer violencia a un viejo!

ED       ¡Tajéria, amésos!

            (“¡Los brazos, ya!”)

(Edipo tuerce el brazo de Yocasta y ordena a Ismena hacer otro tanto)

YO       ¡Aaay, méne, méne! ¿Por qué, por qué? ¿Qué es lo que quieres saber?

ED       ¿Tu édoses topedí puléi etútos?

            (“¿Le diste el niño que dice a éste?”)

YO       ¡Sí, le di el niño! ¡Mejor me hubiera muerto ese día!

ED       ¡Aftó zapázis an denpís alízia!

            (“¡Eso te ocurrirá si no dices la verdad!”)

YO       ¡Todo mal! ¡Si hablo también muero!

ED       Fénete aftós $itái naxeglistrísi.

            (“¡Parece que éste busca escabullirse!”)

YO       ¡No, no! ¡Ya dije: dí el niño!

ED       ¿Topíres apoxéno? ¿Itan dikósu?

            (“¿Lo tomaste de un extraño? ¿Era tuyo?”)

YO       ¡Basta, rey, por los dioses, no preguntes más!

ED       ¡Jázikes ang$aná rotíso taídia!

            (“¡Estás perdido si vuelvo a preguntar lo mismo!”)

YO       ¡Nació en casa de Láio!

ED       ¿Apoéna sklávo í singuenítu?

            (“¿De un esclavo o de un familiar?”)

YO       ¡Me abismo en el espanto, si pienso en decirlo!

ED       Kiegó nakúso. Omosprépi nacúso.

            (“Y yo en oírlo. Pero debe oírse”)

YO       ¡Se decía que era hijo de él... tu esposa podría declararlo seguro!

ED       ¿Aftí seséna toíje dósi?

            (“¿Ella a tí te lo había dado?”)

YO       Sí, me lo dió ella.

ED       ¿Tí natocánis?

            (“¿Para hacerle qué?”)

YO       ¡Para que yo lo matara!

(Ismena, que cambió el cassette, aprieta un botón y otra vez se comienza a escuchar la música del lamento de "Rembétika")        

ED       ¡Dístiji mána!

            (“¡Desgraciada madre!”) 

YO       Temerosa de oráculos divinos.

ED       ¿Piés?

            (“¿Cuáles?”) 

YO       Decían que él tenía que matar a su padre.

ED       ¿Keguiatí tóte toáfises esí stonaftó?

            (“¿Y por qué entonces se lo dejaste a éste?”)

YO       ¡Porque me sentí lleno de lástima por el niño, mi rey! Pensé que se lo llevaría a su propio país. Pero le salvó la vida. Hizo muy mal. Si eres tú en verdad quien eres, ¡sabe que eres el más desdichado de los hombres

(Edipo lanza un largo grito desgarrado)

ED       ¡Aaaaaaaj! ¡Ine olofánera tapánda! ¡O, fos, sterní forá zasedó tóra! ¡Egó puefáni piapós meguenísan, enó denéprepe, kiéjo ma$ítus áprepa smíxi kiéguina foniástus!

(“¡Ahhh! ¡Todo es evidente! ¡Oh, luz, última vez que te veré ahora! ¡Yo, que probé ya cómo me dieron luz quienes no debían, y que he tenido con ellos indebida mezcla y me convertí en su asesino!”)

(Edipo sale desordenadamente hacia el fondo)

ESCENA XII

(Coro de "Rembétika". Mientras Yocasta se saca lentamente los apliques del Pastor, Ismena se cubre con un manto negro, y vuelve a poner lentamente los bancos en su posición original)  

YO       ¡Raza de mortales, nada veo sino una nada que vive un instante! ¿Hay algún hombre acaso que logre un grado de felicidad? ¡Todo es una apariencia: brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre! (Orquesta) ¡El, que voló tan alto, que dominó fortunas y riquezas! ¡El, que feliz se creyó! (Coro) ¡El tiempo todo mira y todo lo descubre! ¡Lamentos, alaridos, gemidos y llanto! ¡Nada más queda! ¡Nada más: sólo eso!

(Yocasta deja los atuendos y se sube a un banco, de espaldas)

IS         (Orquesta) Nobles magnates sin igual de esta tierra: ¡van a ver lo que nunca, van a oir lo que jamás pensaron ver ni oír! ¡Ha muerto terriblemente la noble Iocásti! (Coro)

(Yocasta, parada de espaldas en el banco, se debate desordenadamente)

IS         Encendida de ira, con frenético paso corrió furiosa al aposento en que yace el lecho nupcial. Mesando sus cabellos con locura entró, cerró y comenzó a dar alaridos. Llamaba a Láio, que hace tanto tiempo murió. Llorando en furor, le gritaba al lecho en donde tuvo un hijo de su esposo e hijos de su hijo. (Orquesta)

(Aparece Edipo. Parado debajo de Yocasta, se debate desordenadamente)

IS         Idípus, vagando por el palacio, gritaba a voz en cuello que le diéramos una espada, que trajéramos arrastrando a esa mujer: mujer que ya mujer no era, sino el campo salvaje en donde él tuvo la vida y por su propia obra la tuvieron sus hijos. (Coro)        

(Edipo se va arrodillando de espaldas en el banco de al lado de Yocasta, quien pende del cabello, de espaldas y por ella misma sostenida)

IS         Como si un dios lo empujara, se abalanzó contra la puerta de la cámara nupcial. Rompió el cerrojo, quebró las tablas y se precipitó dentro del cuarto: allí estaba la reina suspendida y pendulando en la cuerda atada por el nudo que ella misma formó: Ahorcada por sus propias manos. El rey, lanzando dolientes alaridos, arrebató dos broches de oro que ella tenía en el ropaje, y, mientras seguía gritando, se los clavó en sus propios ojos, una y otra vez.

(Edipo, siempre de espaldas, sosteniendo dos pañuelos rojos de seda, se lleva repetidamente las manos a los ojos. Se escucha "Mána, den éjo spíti": “mamá, no tengo casa”, de "Rembétika")

ED       ¡A, mátia! ¡Namidún ósa éjo pázo kiósa épraxa diná! ¡Ma stoskotádi tóra apodó kepéra zandikrí$un ekínus pudenéprepe kiekínus pupozúsan nadún dezagnorísun!

(“¡Ah, ojos! ¡No vean lo que he sufrido ni lo que cometí terriblemente! ¡Pero en las sombras ahora y de aquí en adelante se defenderán de a aquello que no debían ver y de aquello que deseaban ver y conocer!”)

IS         Mil veces repetía tales lamentos, y entretanto, se abrían ensangrentados sus párpados y la sangre se escurría entre sus mejillas y alzaba las manos en convulsión tremenda. Brevemente la sangre, de roja se tornó en negra, que como capa de ignominia se apelmazó en su rostro. Así al mismo tiempo a dos azotó la desgracia: el varón y la mujer en el mismo abismo rodaron juntamente. Ayer, la dicha para los dos unidos, dicha que parecía verdadera en grado sumo. Hoy, la desventura, el gemido, la muerte, la ignominia, la desdicha sin nombre y sin medida... Todo infortunio se unió sobre ellos, sin que falte uno sólo.

(Edipo se da vuelta lentamente: lleva anteojos negros, como los de Tiresias. Se escucha la frase: "Den ejo spíti": “no tengo casa”. Edipo se lamenta con aullidos y demás sonidos diversos inhumanos)

ED       “¡Eé, eé! Dístanos egó, ¿pí gas férome tlámon? ¿Pá mifzongá diapotáte forádin? Ió démon, ín exílu. Ió skótu, néfos emón apótropon, epiplómenon áfaton, adámatónde kedisúristón. Imi, ími maláfzis. Ion isédi máma kéndronde tondístrima kemními kakón. ¡Fev fev! ¡Apólon tádin, apólon tádin okaká kaká telón emá tád emá pázea!”

(“¡Ah, infeliz soy! ¿A qué rumbo de la tierra habré de huir en mi desdicha? ¿A dónde dirigir mi voz, que no quede perdida en la sombra del silencio? ¡Ah, númen maligno, a qué punto llegaste! ¡Oh, tinieblas, oh de engañosos giros negras nube, sobre mí te agravas, no puedo resistirte, y todo me trituras y haces polvo! ¡Ay de mí: otra vez qué punzante aguijón de tortura has penetrado en mí agudo, recuerdo de mis males! ¡Dios fue, Dios, amigos, quien funestos, sí, funestos infortunios hizo míos, muy míos!”)

(Se escucha la frase entera: "Ta pséftika ta lóguia ta megála": “las grandes palabras mentirosas”, y luego orquesta a pleno. “Mamá, no tengo casa a la cual volver, ni cama para dormir. No tengo calle ni barrio para pasear un primero de mayo. Las grandes palabras mentirosas me las dijistes con la primera leche... Pero ahora las víboras despertaron, vos vestís tus antiguas galas, y nunca me adorás, Mamá Grecia, y revendés tus hijos. Las grandes palabras mentirosas me las dijistes con la primera leche, pero entonces le hablabas a mi destino. Te habías vestido con tus viejas galas, y en los bazares llevaste una mona gitana, Grecia mía, siempre triste. Las grandes palabras mentirosas me las pronunciaste con la primera leche, pero ahora que aflora el fuego, nuevamente mirás tus antiguas luchas, y por las arenas del mundo, Mamá Grecia, la misma mentira siempre llevás”)

(Ismena se levanta y lleva a Yocasta un manto morado con bordes dorados, se lo pone lentamente, remitiendo a la imagen de I Panaguía, la Virgen María ortodoxa, Patrona de Grecia, la cual toma a Edipo en su regazo, mientras Ismena, cubierta por su manto negro, adora el ícono vivo, sobre los lamentos finales de "Ah, mana, den éjo spíti". Antes de terminar la música, toma la marioneta de Creón, y la sienta en su regazo, imitando la posición de Yocasta y Edipo, y como contándole historias antes de dormir. Silencio)

 

ESCENA XIII

IS            (Moviendo la marioneta como un ventrílocuo) Lo que se busca, se encuentra.  

(De aquí en más, Edipo habla en un castellano porteño sin ningún acento griego, y de hecho, cada vez más grotescamente tanguero)

ED       ¡Ay, mísero de mí! ¡Creón! ¿Qué puedo decirte? ¿Podrías confiar en mí, cuando me mostré tan injusto con vos?

IS         No vine para burlarme de tu desgracia, ni menos para reclamarte por tus dichos de antes.

ED       ¡Ay, amigo, el único que me queda, y todavía seguís a mi lado! ¡Hasta llegás a ser tolerante con un pobre ciego!

IS         Ni siquiera puedo mirarte a la cara. Estoy tan ansioso de decirte tanto y de preguntarte tantas cosas... ¡Lo que hiciste es terrible! ¿Cómo pudiste destruir tus pupilas? ¿Qué fuerza maléfica te pudo?

ED       ¿Qué había para ver para mí que fuera amable?

IS         No sé cómo juzgar tu acción. Quizás hubiera sido mejor que te hubieras muerto y no que vivas ciego.

ED       ¡No me digas que estuvo mal hecho lo que hice y no me vengas con filosofías!

(Yocasta se saca el manto, se baja del banco y lo cubre)

ED       ¿Para qué eran mis ojos, si al morir me encuentro con mi padre y mi pobre viejita? ¿Podría sostenerles acaso la mirada? ¿Yo, con crímenes que son peores que los que se pagan con la muerte? ¡No, éstos ojos ya no van a ver nada de eso, nunca más! Hermano, por los dioses, te pido que me oigas...

IS         ¿Qué querés?

ED       ¡Echáme de este país lo antes que puedas... mandáme a tierras en donde no pueda hablarme ningún mortal!

(Ismena se para, se saca su manto, va hasta el banco y cubre parte del mismo. Sienta encima a la marioneta de Creón. Mientras, Yocasta se abrió el cierre del escote, fue al bolso a buscar un cigarrillo y el plato, que usará de cenicero. Lo prende, se pone a fumar tranquilamente cual Melina Mercouri y escucha la escena)

IS         Lo haría, si antes no fuera necesario consultar al oráculo qué tengo que hacer.

ED       ¡Los dioses ya dijeron lo que hay que hacer!

IS         Cierto. Pero en la tremenda situación en la que estamos, nuestro deber es preguntar cuál debería ser la norma de conducta. ¡Ahora pará de llorar y de quejarte!

ED       Obedezco. Aunque no me gusta. Algo más: dejáme estar con mis hijas.

(Apoyando a la marioneta de Creón en el banco central, que con las telas ahora parece un trono)

IS         ¡No, basta! ¡Las dejás! ¡No quiero hacer cada cosa que digas! ¡Cuando tuviste poder tu vida fue una serie de fracasos!

(Mientras Edipo y Yocasta, sentándose, comienzan el siguiente intercambio coloquial hacia el público -ella en griego antiguo, él, repitiendo en griego moderno-, Ismena los mirará, recorriendo el escenario, cada vez más asombrada e indignada por lo que está oyendo)

YO       “Ió gueneé brotón, os ímas ísa ketomidén $ósas enarizmó.”

ED       Alímono, gueniés tonanzrópon, ti$oísas loguiá$o parómia metotípota.

YO       “¿Tís gar, tís anír pléon dasevdemonías féri itosúton óson dokín kedóxand apoklíne?" 

ED       ¿Piós znitós, tája piós persóteri niózi eftijía parósi nomí$un poséji, pukiaftí sbíni amésos?

YO       “Tonsón tiparádigméjon, tonsón démona, tonsón, oh tlámon idipóda, brotón udén macarí$o.”

ED       Tidikísu parádigma pérno, dístijeidípu, timíra kedé macarí$o canénan.

YO       “¡Ex ú kebasilévs kalí emós ketaméguis tetimázis tesmegálesin enzíbes anáson!”

ED       Ki ó, kiapotótes eguínikes, basiliámu, kemíries timéssu járisan kazós timegáli kibernúses tizíba.

YO        “¿Tanín dakúin tisazlióteros?”

ED       ¿Ketóra, pión léne pió distijisméno?

YO        “¿Tisátes agríes, tis enbónis xínikos alagá bíu?”

ED       ¿Piós $í, párex esí, sepónus keságries simforés mésa stinalaguí tistíjis?  

YO       “¡Ió klinón idípu cára!”

ED       ¡A, idípu doxasméne!

YO       “Efivré sákonz opanzorón jrónos.”

ED       Opandepóptis jrónos síbre azélitásu.

YO        “¡Mípotidóman! ¡Dírome gar os períaliajéon ekstomáton!”

ED       ¡Xespái tóra ozrínos pikrós apotostómamu!

(Ismena va a buscar el libro y se sienta en su almohadón a leer en castellano lo que acaban de decir en griego Edipo y Yocasta)

IS         ¡Raza de mortales: nada veo sino una nada que vive un instante! ¿Hay algún hombre que logre acaso un grado de felicidad? ¡Todo es una apariencia: brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre! ¡El, que voló tan alto! ¡El, que dominó fortunas y riquezas! ¡El, que feliz se creyó! ¡Idípu, yo te proclamo, yo te alabo y bendigo, tú has sido nuestro rey, y en esta ciudad augusta tienes la mayor fama! Y ahora, ¿quién más mísero, quién con mayor abrumadora carga de infortunios? ¡Idípu amado y grande! El tiempo todo mira y todo lo descubre. ¡Lamentos, alaridos, gemidos y llanto! Nada más me queda. Nada más, sino eso.

(Silencio. Ismena cierra el libro, ofuscada, y deniega con la cabeza. Mira la máscara del Coro, la toma, vuelve a denegar, y la tira. Mira a Yocasta, y le hace un gesto imperativo. Yocasta apaga su cigarrillo en el plato, y acto seguido se para, se le acerca a Edipo, y le rompe el plato sobre la cabeza. Momento de estupor. Edipo mira a Yocasta, Ismena prende el grabador y se empiezan a escuchar los luminosos acordes de "To Peproméno". Yocasta le saca los anteojos a Edipo y los deja a un lado. Comienzan a reír y se abrazan. Ismena toma otra vez el cartel desplegable, y se lo da a Yocasta. Mientras Edipo e Ismena se abrazan, Yocasta va desplegando al público el cartel, que tiene la leyenda: "Y AL FINAL, TODOS FUERON A LA PLAYA". Yocasta le da la cartulina a Edipo, y se abraza con Ismena. Edipo apoya el cartel sobre la marioneta de Creón, e invita a las mujeres a bailar un bonito jasápico. Cantan y bailan, gritando jolgoriosos sus nombres y algunas frases del texto)

ED       ¡Iásu Eléni!

YO       ¡Iásu T$éri!

IS         ¡T$éri!

ED       ¡Cárola!

YO       Oti guirévis, to brískis.

IS         ¿Guiatí xanaguírísume páli ke páli?

ED        Keakóma miáli forá.

YO       Lo que se busca, se encuentra.

IS         ¿Por qué volvemos una y otra vez?

ED       Y una vez más.

(Sobre el último acorde, con una flexión saludan al público, y así termina la obra. Luego, con los saludos, se escucha completo el "Tríki Tríki" y los actores van a tomar ouzo con los espectadores)

 

TELOS  (FIN)

 

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