NADA DE LO HUMANO LE ES AJENO

 

 

(Exposición de la Prof. Nora Schamó en ocasión de la presentación del libro "Ignea Medeas" de Jerónimo Brignone en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires el 20 de junio de 2015).

 

 

Cuando pensaba qué decir sobre esta obra y sobre Jerry Brignone, su autor, insistentemente venía a mi cabeza una cita, conocida tal vez por muchos de ustedes. Pertenece a una comedia latina escrita por Terencio en el año 165 a.C.: “Hombre soy. Nada de lo humano me es ajeno”. Creo que tanto los que lo conocen como los que solamente han leído su biografía coincidirán conmigo en la elección de estas palabras.
 

Cómo explicar, sino, sus estudios de música, arte dramático, técnicas del movimiento, danza, idiomas, letras, lingüística, astrodrama y otros; la escritura de varios textos, la publicación de sus libros; su experiencia como director teatral, como docente; sus más de treinta puestas teatrales, su incursión en el mundo de la ópera y el cine con el largometraje experimental “Bomarzo 2007” y, más recientemente, el programa radial “Las palabras y las notas”.

 


Por eso creo que bien puede aplicársele el concepto de “hombre del Renacimiento”, utilizado para describir a alguien con muchos intereses y talentos. Pero tratándose de Jerry, ¿voy a decirlo así de manera tan sencilla y no elegir una palabra rara para adentrarnos en el terreno de las etimologías que tanto conoce y con el que él nos deleita cada sábado? Voy a definirlo entonces como “polímata” (del griego“πολυμαθής”, que deriva de “πολύ” –mucho– y de “μανθάνω” –aprender–). Y digo todo esto como aproximación a “Ígnea Medeas”, obra a la que tampoco “nada de lo humano le es ajeno”.
 

El título ya es significativo y, por mínimo que sea el conocimiento que alguien pueda tener sobre tragedia ática, oye Medea y lo recorre un escalofrío, porque ella es la mujer que, para vengarse del marido que la abandona, asesina a sus propios hijos. Ella atenta contra ese lazo afectivo que los griegos llamaban “philía” y consideraban la base de una existencia digna y feliz. Pero esta versión de ella como asesina de sus propios hijos la debemos a Eurípides, no estaba en el mito primitivo. Si bien morían, se debía a otras razones.

 


 

Medea, descendiente de Helios, sacerdotisa de Hécate –a la que algunas versiones consideran madre de Medea, diosa oscura de la noche y de la magia– y sobrina de Circe, de la que aprende principios de hechicería. Recuerden que ella es la que convierte en cerdos a los compañeros de Odiseo. Medea, la bárbara, en el sentido que daban los antiguos a este término, o sea, la extranjera, la que no hablaba griego. Por eso, en un verso, dice Eurípides que “no existe mujer griega que se hubiera atrevido a esto”. Personaje complejo que, por un lado, responde al modelo de mujer y, por otro, lo transgrede. Su figura no se identifica con los modelos míticos ni épicos, se relaciona con los ritos sacrificiales de la edad de bronce.


El plural del nombre, Medeas, y el adjetivo “ígnea” ya preanuncian que no nos vamos a encontrar simplemente con una visión lineal de la tragedia. Por eso, Perla Zayas de Lima la califica como una obra “atípica dentro del campo de las reescrituras de un mito clásico” y reconoce en ella “intertextualidad, interrelación de artes, interculturalismo e interdiscursividad”.


Es la primera obra dramática que se escribió en el mundo tanto sobre María Callas como sobre Pier Paolo Pasolini en 1985 y, por la fecha, también Jerry fue un precursor; porque Medea, a diferencia de Antígona y Electra, es un personaje que ha tenido poca incidencia en el teatro contemporáneo, hasta promediados los 90 y recién es a partir de esa fecha que se dice que en la Argentina es “tiempo de Medeas”. Algunos sostienen que esto quizá se deba a que el nuestro es un tiempo tan escindido y contradictorio como el que le tocó vivir a Eurípides. Y si bien la mitología brindó la materia, es de destacar la originalidad que Jerry imprime a lo heredado en una obra-collage en la que se entrecruzan distintos mundos. Pero, antes, de continuar con esto quiero destacar que, como se lee en el epílogo-prólogo, el antecedente más concreto de ‘Ígnea Medeas’ es un cuento de ocho páginas escrito “a los diecisiete años como una tarea escolar para una clase literatura.
 

Piensen en un adolescente cautivado por la ópera, fascinado por la soprano María Callas, destruido por la muerte de su sueño, que descubre a través de “Medea” –la única película que ella filmó– una nueva pasión: el cine, de la mano del genial Pasolini; y que vuelca todo este material en su cuento, amalgamado con la acción en una planta atómica. Como docente de muchos años en el campo de la lengua y la literatura puedo asegurarles que disiento con Jerry cuando dice que “el principal valor de ese texto es el de ser la génesis de la obra teatral”, escrita menos de seis años después: “Ígnea Medeas” es una obra realmente rica, en cuanto permite que el caudal y giros de aproximación e interpretación sea inagotable.

 


 

Al comienzo decía que “a ella nada de lo humano le es ajeno” porque, además de ser la historia de un ciclo, se la puede interpretar como una visión de la historia del hombre, y permite claramente una lectura política, una estético-artística, una religiosa, una sexual, etc. También mencioné antes el entrecruzamiento de distintos mundos. En realidad son tres: el mundo de Medea, símbolo sobre todo de la unidad, de la trinidad como expresión de la unidad, la pureza , el sentir unificado del hombre y la Naturaleza y, por lo tanto, el rito por la subsistencia, enteramente religioso. Pero por diversos factores este mundo deviene en otro, el supuesto progreso, el de la planta nuclear. Es que el mundo primero toma conciencia de su necesidad del segundo, el principio masculino, del principio femenino. A primera vista, el primero se traiciona a sí mismo y se convierte en el segundo, que se presenta como su opuesto, un mundo de futilidades, con acciones rituales pero sin sentido ni contenido totalizador por quienes lo hacen, el mundo de la razón con sus escisiones naturales, su exceso de definiciones. Un mundo al que le falta el sentimiento del primero y, por lo tanto, parece muerto; un mundo donde el hombre ya no es hermano de los elementos ni los maneja con humildad, sino que se pone sobre ellos, cree que los domina y que sus construcciones mentales son superiores a ellos. Mundo de explotados donde pareciera no existir la muerte y, por lo tanto, sin conciencia de la vida. Ese mundo se cae solo y aparece el tercero, la síntesis de los anteriores, con la televisión y el reportaje. Este es el mundo de Callas y Pasolini, el mundo del arte, quizá la única fusión posible de los anteriores, que los trasciende y redime.

 

     


Esta obra, como dije antes, permite varias lecturas y puede interpretarse como el ciclo de la humanidad, porque comienza con la Prehistoria cuando el hombre, de alguna manera, está todavía conectado con la Naturaleza y el Cosmos. Llega el momento de la conciencia de lo otro, de los objetos y su relación con ellos. Desde allí hasta la computadora, la energía nuclear y la explotación sistematizada hay sólo un paso. Y en ese mundo, el segundo, hay aspectos del tercero, los artistas que intentan el equilibrio justo entre razón y sentimiento, entre forma y contenido. El ciclo comienza con la prehistoria y termina con la bomba atómica, principio y fin de esta civilización, al menos en la obra. Pero hay un ciclo más amplio todavía, más totalizador: Medea, que desciende de Helios, el Sol, comienza la obra invocándolo, llamándolo desde la oscuridad. Y la termina reintegrándose a Él, pues la estructura solar es al fin y al cabo una continua sucesión de explosiones atómicas. O sea que, de alguna manera, utilizó a Callas, a la Mucama y a los otros sólo como instrumentos para cumplir “su” ciclo. Metafóricamente, el nuestro.

 


Además de Ella y Él aparece el Coro integrado por tres coreutas. Las tres mujeres que encarna Ella son, de alguna manera, una sola: Medea, sacerdotisa de la Naturaleza; Callas, sacerdotisa y artista suprema de la ópera; la Mucama, puro instinto en sus orígenes selváticos. Las tres fueron traicionadas: Medea por Jasón; Callas por Onassis y su entorno mundano; la Mucama por la Televisión Superflua; y cada una resuelve su conflicto inspirada en la otra. Diferente es el caso de Él; y el Coro actúa como contención de Él y de Ella, como síntesis de los elementos antitéticos.

Podría seguir largo rato hablando de esta obra pero quise, con pocas palabras, compartir con ustedes mi admiración por Jerry como creador y por esta Medea que, si bien no es la única en el teatro argentino, es sí la más original, porque no arranca como las demás después de la traición de Jasón, sino en la Cólquide, en los comienzos de la humanidad, en un ambiente ancestral, primitivo y bárbaro.

 


Y creo que si muchas veces produce gran extrañamiento en la primera lectura, como dice Jerry en el prólogo, es tal vez porque nos conecta con nuestra esencia primitiva y salvaje, la que intentamos sofocar bajo los escombros de la llamada civilización.

 

Nora Schamó
 

 

 

 

 

 

Nora Schamó es profesora de Letras por la Universidad del Salvador, en donde se dedicó a la enseñanza de Griego Clásico. Enseñó paralelamente Lengua y Literatura en el área secundaria, donde ocupó cargos directivos. Vocal de Cariátide, Asociación Argentina de Cultura Helénica, ha profundizado el estudio de la lengua y la literatura griega modernas, formándose en diversas instituciones helénicas de Buenos Aires, y ha dictado cursos sobre literatura neohelénica en la Universidad de Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

PRESENTACION DEL LIBRO "IGNEA MEDEAS"

Centro Cultural Borges - Sala 26 (Fundación Tres Pinos)

Sábado 20 de junio de 2015, 16 horas

 

 

Lic. Nicolás Varlota,  el autor,  Prof. Nora Schamó  y  Dra. Fernanda Dorado

 

 

 

 

 

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