TRAS  LA  ASTROLOGIA  MAPUCHE,  por´Jerónimo Brignone

(Este artículo, escrito en 1989, fue publicado en la revista Gente de Astrología n° 25, marzo 2003; y luego en el libro Ensayos astrológicos: abriendo nuevos caminos, de J. Brignone, Editorial F.Caba, Buenos Aires, 2012)

 

 

            Buenos Aires, 21 de Enero de 1989. Dispuesto a escribir bajo el amparo de los sones implacables del Arte de la Fuga, ahora detenidos por el corte de luz. Arquitectura perfecta del espíritu, me remite a un aforismo caro al medio astrológico: “Dios geometriza”.  

            Sí. Pero para ello debió primero hacerlo a Bach.

 

 

                                                                    I

            Desde hacía rato me debatía torturado por lo que vivía como ciertas inconsistencias en la práctica y justificación del asunto astrológico. ¿Saber deducido, construido, revelado? ¿Máquina, lenguaje, aspirina? Etcétera. Entre los asuntos más inquietantes, figuraba la insidiosa sospecha y acusación (Gramsci, Adorno) que pesaba sobre la astrología como herramienta de dominio político. Por ejemplo, si uno de los fundamentos simbólicos históricamente insoslayables de la secuencia zodiacal es el ciclo estacional en el hemisferio norte, ¿por qué funciona acá (abajo)? La respuesta de Rudhyar es hábil, en cuanto a categorizarla como lenguaje (pensemos, por ejemplo, en el castellano). Pero entramos así en el orden del constructo, haciendo temblar tanto las estructuras de la ontología teosófica como a las pretensiones cientificistas ejemplificadas en las ya míticas estadísticas de Gauquelin o Addey.

            Al respecto, una tarde me había enfrascado en una discusión con un estudiante herido en su amor propio nacional que prefería desautorizar la noción estacional y alegar que los rayos que nos mandan los seres angélicos desde las esferas trascendían esos localismos (Jung opinó alguna vez que un mecánico materialismo subyace en la concepción teosófica cuando se la vulgariza. ¡Pobrecito, no sabía lo que iban a hacer con su propia obra, di-vulgarizada!). Aludiendo a la noción de lenguaje, a la relativa eficacia de lo que nos llega como astrología china y a los experimentos realizados con la astrología maya, discurría yo como respuesta que si los indios argentinos hubieran tenido una astrología elaborada con sus inevitables componentes localistas, sería con seguridad igualmente aplicable a nosotros o a cualquier europeo.

            Y justamente esa misma noche, en una reunión de amigos, un ser bastante peculiar atrajo la atención de todos sobre sí por sus fuertes vínculos con la cultura mapuche. El tal personaje, de aspecto algo mefistofélico, decía haber vivido con los mapuche desde los tres años de edad, ser actualmente maestro rural, y respondía a nuestras ávidas preguntas pintando el cuadro de una civilización bajo todo punto de vista ideal, sumergida por la desidia y el autoritarismo civilizados.

            Por supuesto, había un astrología. Al parecer, no eclíptica, cuyos signos eran, quizás, las constelaciones circumpolares. Pero reconocía no saber mucho del tema.

 

                                                                           II

            A orillas del lago Moquehue, la cordillera a nuestras espaldas. Antv, el disco solar, se retira (conuhueantv), bañando oblicuamente de oro el contorno andino. Se perfila, clara, la silueta de la Bella Durmiente, atracción turística, prodigio de la erosión. ¿Quién habrá visto por primera vez ese rostro -tan claro-, esos senos virginales cincelados en las formas rocosas? ¿Es concebible que alguna vez hubieran sido sólo rocas, que su calidad de significante fuera necesariamente posterior a su antropomorfización?

            Cuando de chico mi madre me devolvía la taza de té, me parecía imposible que antes no pudiera yo haber visto, que no hubiera adivinado lo que tan claramente se ordenaba en la imagen sugerida, tan potente y eficaz, como luego se encargaría de confirmar el tiempo. Maggie Hyde insiste en que la astrología está más cerca de la lectura (sic) de las hojas de té que lo que nos gustaría pensar. Pero para leer, ¿no tuvo alguien que escribir? Barbault, tras Jung, sugiere que las constelaciones fueron los primeros tests de Rorschach de la humanidad.  

            A mi derredor todo parece tan bellamente ordenado, salido de la mano de un paisajista romántico (huelga advertir que mi percepción no es “pura” -esa audaz ingenuidad fenomenológica-). Es una necesidad tan vital, tan, diría, biológica, unir esos puntos que van brotando en el espejo lacustre. ¡Si pareciera que ellos mismos se agrupan!

            Reflejadas en la límpida superficie del lago se ven muchas más estrellas que al levantar la mirada en Buenos Aires: miserable destino de astrólogo urbano. Orión (Huechupal) brilla en este reino del revés, y su cinturón cristiano, las Tres Marías, se engalana de “barbarismos”: Culapal, Huelurito, Punon Choique. Namun Choique, el Triángulo Austral, fulgura equilátero. Me divierte pensar en lo que hubiera hecho con él Platón, de vivir en estas latitudes. Pero desde algún punto de la galaxia serán, ya no Triángulo, sino Tres Marías. ¿Habrá allí algún Platón para trazar la recta correspondiente, la senda? La de los mapuche es la Vía Láctea, Huenulevu o Rupuepu, y para referirse a la muerte dicen: “Caminar por las estrellas”.

            El reflejo fantasmal ondula y serpea, ya que acaba de saltar una trucha. Cualquier movimiento es inquietante, pues los lugareños hablan por lo bajo del monstruo del lago. Para mi sorpresa, no sólo los chicos o los araucanos (o paisanos, como los llaman acá), sino que todos hablan del monstruo con respeto. Hasta un erudito nos explicaba su atestiguada apariencia antidiluviana con complicadas teorías que convierten a los lagos en surgientes oceánicas. Mientras, una chiquita nos aseguraba, ansiosamente tranquilizadora, que su papá decía que eran supersticiones, un anzuelo turístico.

            Como sea, a unos metros de la orilla el suelo se hunde en profundidades literalmente insondadas, en un vasto azul infranqueable, y la gente, cuando se anima a bañarse, es sumamente cauta. La increíble acústica natural (parece ser el agua) nos trae las risas y voces de otros acampantes, desde la orilla opuesta, a kilómetros de distancia. Sobre el agua, las estrellas imprimen su iridiscencia. Bajo el agua, quizás esté nadando, inercial, una figura oscura y pretérita. ¿Coincidirá en algún momento su silueta con esas chispas heladas? ¿A cuáles les tocará? Es decir, ¿a quiénes constelaría, bautizaría? ¿No sería prudente con-siderar a esa figura, creación de-mente o naturaleza (qué importa), cuando la tierra tiembla y a escasos kilómetros estalla desde hace días el volcán Lonquimai, cubriéndonos con su continua lluvia de cenizas de sabor picante, mediatizando a las mismas estrellas?

            Un rugido anuncia la furia de Pillán, deidad mayor mapuche, señor del trueno y los volcanes. Esto ya escapa demasiado a mi ordenada vida porteña. Por suerte reconozco, prístina y reconfortante, a la Cruz del Sur, Melipal o Melirito. Pienso en mi padre, quien, como marino y meteorólogo, se valía del firmamento para guiarse y predecir. En estas ansias mías geminianas...

            Una lectora de hojas de té y un meteorólogo. ¿Qué diría Lacan si yo dijera que “soy” astrólogo?

 

 

                                                                           III

            Museo etnográfico, instituto de antropología, biblioteca nacional, centro indígena, frenético intento de agotar la información bibliográfica previa. ¿El proyecto? El dueño de casa de aquella reunión, íntimo amigo mío, va ir al sur con el mencionado maestro rural a interiorizarse de la situación mapuche en calidad de sociólogo y periodista. Hacía años que quería yo volver a esas mágicas y queridas tierras, y el rescate de esa hipotética astrología local se me ofrecía como óptima excusa. No sólo por curiosidad o avidez técnica, sino sobre todo por sus consecuencias epistemológicas.

            El tema de una epistemología astrológica se me aparecía harto descuidado, teniendo en cuenta que debía ser un piedra de base y de toque infaltable y que, curiosamente, parecía faltar. No me bastaba con esa línea que había decidido trazar desde Oscar Adler (con su sínodo genial entre esoterismo y filosofías occidentales) a Rudhyar (y su bella noción de la astrología como “álgebra de la vida” y “técnica de comprensión”, así como su demiúrgica inserción del mundo junguiano en el discurso astrológico), de ahí a Barbault (y su lúcido paso psicoanalítico por Jung a la semiología francesa moderna), pasando por Feyerabend, el realismo fantástico y otros filósofos críticos de la ciencia moderna, por algunos abiertos y bienintencionados sociólogos franceses (sobre todo Philippe Defrance y Edgar Morin, quienes posaron sobre la astrología una de las tantas miradas contemporáneas de las que está tan necesitada), hasta llegar, tentativamente, al movimiento inglés contemporáneo (especialmente Dean y su crítica sistemática y su contraparte, Cornelius y Hyde, con su asunción del problema horario en una astrología hermenéutica, más heurística que epigráfica, de la que tenemos un buen ejemplo en las revistas Astrología del Caba del 109 al 113).

            Pero, ¿cómo reprocharle a la Astrología no estar a la altura de estos tiempos, si no se sabe cuál es esa altura? El derrumbe del edificio positivista (y del muro) es demasiado reciente, y todavía el neopositivismo se puede dar el lujo de sacarnos la lengua y decir, como Galileo: “Eppur si muove!”. Absurdo espejo, desde la alcantarilla a la que pretende recluirla junto al psicoanálisis y al marxismo (extraña bolsa de gatos de Mario Bunge), la astrología le replica, y con todo derecho: “Eppur si muove!”. Y es que el tema de la eficacia operativa no ha sido todavía medularmente resuelto por la epistemología revisionista, y el tiempo sigue acumulando desafiantes prodigios -milagros- técnicos, debidos a la labor artesanal e incansable de innumerables investigadores, tanto en el campo tecnológico en general, como en el específicamente astrológico.

            Lamentablemente, la justificación o cosmovisión que alienta el trabajo centenario de estos benditos saturninos suele estar demasiado librada a la ecuación personal, dejando brumosamente acéfalo el cuerpo así logrado. Y es en esas brumas que prefiero que dibujen sus imágenes maravillosas los dioses de mi panteón personal: los cineastas, magos contemporáneos. Anárquica elección nacida de un horizonte incierto, porque mientras, grandes intereses monopólicos editoriales y vaya a saber si ideológicos, unidos al esnobismo de nuestra burguesía local y a la angustia y cada vez mayor desilustración de nuestra pequeña burguesía, parecieran querer llenar ese vacío con una inmensa cabeza de plástico, sólidamente moldeada por epígonos de epígonos: el triste espectáculo de la astrología yanqui (y sus copias hispanas), con el videojuego del karma y su hedor de dólar y coca-cola.

            ¿Pero no llena esto supuestamente una necesidad? Y aquí se infiltra un eterno problema axiológico: la necesidad, ¿crea valor? ¿Y qué de las necesidades creadas “artificialmente”? Astrología urbana como ninguna, astrología de salón, con su, de tan trillada, cobarde referencia a la autoridad del difunto suizo y su invocación a una supuesta psicología profunda que, de hecho y con suerte, es psicología de revista femenina, pábulo de masas.

            “Eppur si muove!”. En un arrebato de cólera e impaciencia me brota el epíteto “La Astrología Estúpida”, y con esto sé, claramente, que estoy hablando de mi propia esfera celeste, de mi propio orbe sublunar. De mí. Agotado e intoxicado por mi inexperiencia, mi ignorancia, mi arrogancia, me distrae una última reflexión: Astrología Estúpida... entonces, ¿no será, como el Caballero del Santo Grial, por eso mismo (perdón, Nietzsche), santa?

 

 

                                                                             IV  

            El kultrún es el instrumento que percute la machi, médica y chamán, en sus ritos curativos y en el Nguillatún, la rogativa anual que las comunidades mapuche elevan pidiendo abundancia al venerable Gnechén. La decoración del parche del instrumento, el trelke, nos remite vertiginosamente a una conocida figura.

            El círculo, que se pinta durante el ritual, es el límite del mundo y simboliza el universo. Un trazo divisorio horizontal (siempre parten, como el sol y los astros, del Este), representando a la cordillera de los Andes, divide al círculo en Rañín Kume (mitad benéfica, la que está al frente) y Rañín Wekapu (mitad nefasta, diabólica, la que está de espaldas). El recorrido diario del sol traza la perpendicular, generando la cruz y los cuatro puntos cardinales: Puel, salida del sol, fuente de vida y salud (y según tradición oral, de llegada del pueblo mapuche); Mullu o Lafken, el ocaso, reducto de las almas de los muertos y los maremotos; Willi, Sur, origen de la sabiduría; y Pikun, Norte, de donde proviene el infitum, daño o enfermedad e, históricamente, las invasiones incaica y española. Se delimitan así los cuadro cuadrantes (el cuatro es el número sagrado, protagonista absoluto), meli witran mapu, los “cuatro lugares de la tierra”. SE, beneficioso; NO, malo; NE, moderadamente bueno; y SO, moderadamente maléfico.

            El punto central es el eje existencial, el centro del espacio vivido, materializado tridimensionalmente por el rewe, el árbol sagrado, nexo presente entre el cielo, la tierra y el infierno, entre las siete plataformas cósmicas cuadradas. Es el centro del Nguillatún y hogar ritual de la machi, la cual lo trepa por siete escalones para entrar en extático diálogo con Gnechén, rodeada por su gente y por Mariepuantv (doce soles). Me cuenta un lugareño que sobre el rewe había disertado hacía tiempo un entendido, señalando puntos de contacto con el calendario azteca y babilónico. Lamentablemente, mi informante no recordaba el apellido del sujeto en cuestión.

            Los dibujos de pentáculos y medialunas en los cuadrantes del kultrún nos devuelven a su referencia cósmica. Asimismo, hay un complejo simbolismo cromático inherente. Horizontalmente, los cuadrantes boreales, negros (kurru) como el mar y la noche (pun); el SE, blanco (liku, ayon) como la claridad del día y la luz de las estrellas (huangulen); el SO, azul (kallfu) como el cielo calmo; y en el centro, el verde (karu) de la Naturaleza. Verticalmente, la tierra de arriba (Wenu Mapu), el reino del bien o cuatro lugares de arriba (meli ñan wenu), con las cuatro gamas del nevado azul andino: blanco, azul, violeta y celeste; los reinos del mal, inmediatos a la horizontalidad, anka wenu (medio arriba) y miche mapu (tierra de abajo) alternan el negro con el rojo (kollu), color de la lucha, la sangre, el fuego, el cielo pre-ventoso y el sol abrasador, prudentemente prohibido en el Nguillatún; y en la plataforma existencial horizontal, alrededor del verde central, los ya mencionados negro, blanco y azul con su dialéctica bien-mal.

            La machi construye su propio kultrún, y antes de sellar el trelke, le insufla su propio aliento, hermanándose con él y repitiendo así el acto cosmogónico de Gnemapún. Se nos insiste obsesivamente en que los poderes de la machi (rol otrora asignado a los varones homosexuales pasivos, los weyes) no son innatos, sino adquiridos y transferidos. Por supuesto, hay indicios previos, como los sueños premonitorios, pero una vez decidido el destino de la futura machi (Wuñelfe, lucero del alba, participa de algún modo en esta decisión), empieza un intenso proceso de torturas físicas y esotéricas transferencias de la machi mayor hacia la menor en oscuras cuevas tapiadas o la misma ruka (casa) de la mayor, resguardada por guardias mapuche, finalizando con la incisión o punción lingual de la novicia, a la que, en el caso ideal, se la clava por la lengua al tronco de su futura ruka y rewe durante unos días.

            Los poderes y sabiduría así adquiridos son proverbiales. El paleontólogo Garate Zubillaga nos contaba de la ya mítica y extinta Doña Carmen de Antigual (de Caichihuil), a quien acudían devotamente enfermos desde todo el globo, sobre todo desde Europa. O el caso, ya habitual en estos lugares, que nos expone la dueña de la hostería mientras prepara el queso. Su madre -Doña Angela, viuda de Garro, quien hace treinta y cinco años construyó la hostería, y nos sonríe detrás del mostrador-, desahuciada y sentenciada por los médicos, había acudido a desgano a una machi, con la infaltable y esencial muestra de orina. Le había bastado a ésta una mirada a la muestra para repetir el diagnóstico conocido por la buena señora, pero sin eufemismos. Los remedios especialmente preparados por la machi para el caso están logrando lo que años de medicina civilizada no pudieron.

            Doña Angela asiente, quedamente, con la cabeza. Su hija (“De Leo”, había declarado, dramática) hace un alto en su labor, y comenta: “Y que no me digan que esto se ve, así. Que se puede ver.” Y luego de una pausa, concluye: “Hay otra mirada”.

            Un rato más tarde, mi amigo me confesaría: “Qué terrible, tantos años de sociología, de antropología estructural y epistemología, para llegar a esa misma frase”.

 

 

                                                                         V

            ¡Alerta! ¡Alerta! Ya nos lo había advertido el padre Valerio, recio y admirable espíritu itálico, desde hace veintitrés años apóstol de Ruckachoroi: ¡Cuidado con las versiones de segunda mano, muchachos, sólo tomen en cuenta las directas! Ya vinieron tantos que con dos o tres frases que escucharon, se armaron toda una historia, la que querían escuchar, y escribieron y editaron tanta pavada por ahí! (“Mea culpa”, susurrábamos, pecadores horrorizados). De hecho, la misma advertencia que nos hiciera el director del museo de Zapala, y que dicta el sentido común. ¿Pero cómo lograr en tan poco tiempo la tan ansiada transmisión directa, sin dinero ni locomoción propia, abandonados por el tal mefistófeles? Y sobre todo, ¿dónde? Porque de eso se trataba la pesquisa: acumulando versiones, tratar de orientarnos, de lograr una topografía de utilidad.

            ¡Pero alerta! ¡A no fiarse de Géminis! ¿A quién podría refutarle que lo referido más arriba sobre el orden cósmico mapuche es una mentira de pe a pa? O para ser mas suaves, una construcción personal de astrólogo trasnochado, una nada arbitraria selección de datos escogidos y reordenados capciosamente... ¡para colmo, datos seguramente de por sí ya reos del mismo delito (¿la mala fe sartreana?)! Pero, ¿de qué objetividad se puede hablar, si ni siquiera se puede apelar a una intersubjetividad en esta tierra de nadie, de bárbaros conquistadores? Rubén Pérez Bargallo, María Esther Grebe, Dick Ibarra Grasso y tantos más que no registré, todos advirtiendo sobre sus informes parciales, la propia constelación de opiniones fragmentadas, intuiciones y sueños... Las diferentes grafías que pretenden expresar la fonética mapuche (mapudungu) bien pueden simbolizar las inmensas contradicciones que se suscitan al comparar distintas versiones de un mismo tema. La matriz ideológica, la intención ordenadora de tal o cual visión, es a veces conmovedoramente perspicua. Aquí una alemana germaniza las fábulas mapuche para luego decir que se advierten sorprendentes vínculos con fábulas germanas, allá un católico se maravilla de la identidad entre Gnechén y la figura homóloga cristiana (¿será un arquetipo del inconsciente colectivo?), luego de siglos de genocidio procatequizante, acullá un estructuralista de izquierda ensalza a la pareja Unkushé y Unfuchá (“madre y padre eternos”) y a Pillán (“antepasado”), contraponiéndolos a la figura posterior de Gnechén (“dominar-gente”), para que te quede bien clarito el efecto del imperialismo capitalista y vaticano.

            Pero más álgido se pone el asunto a la hora de determinar el origen del pueblo mapuche: vinieron por el estrecho de Behring hace 40.000 años (Garate Zubillaga nos dice, entre mate y mate, que ningún antropólogo norteamericano acepta la tesis del istmo, porque ¡sería reconocer que pasaron por Rusia!), están desde hace 20.000, 8.000 años, 5.000 años, escasos 1.000 años, vinieron del Amazonas, del Norte, de Australia, los trajeron los extraterrestres, son sobrevivientes de Gondwana, o mejor, de la Atlántida, provienen del indiscutible tronco común africano, pero ¡cuidado!, avisan los antropólogos suspicaces, la visión de un origen único es un residuo de la antigua miopía etnocéntrica, útil instrumento del poder establecido... Etc., etc., etc.

            Con una situación exactamente análoga me había encontrado al querer esbozar una historia de nuestra astrología euroasiática. Por lo viso, la historia está lejos de constituirse en un saber positivo, y se ofrece a gusto del consumidor. ¿Qué opción se presta mejor a mi tesis? O, intentando el infrecuente juego de la honestidad, ¿cuál es la verdad “objetiva”?

            Dada la composición orgánica del kultrún, dicen que no hay pruebas arqueológicas de que sea anterior al período hispánico (mas bien lo contrario), pese a la tradición oral. Entonces, ¿quién me garantiza que, más que una expresión local de una cosmovisión particular, no sean las cenizas de la afición astrológica de algún ambiguo saleciano o franciscano de la conquista? ¿O, por más que fuera expresión de una astrología todavía por verificar, qué más da ya, si es la astrología ya conocida, importada desde su cuna en algún milenio indeterminado e indeterminable?

            Sonia afirma que en la zona no hay Nguillatún, José Belmar (hospitalario erudito español) nos dice que hay Nguillatún y cacique, pero que no hay machi. El padre Valerio que machis no, bueno, habría que cruzar la frontera... Garate Zubillaga afirma que hay machis ejerciendo en tal y cual lugar. En lo que todos están de acuerdo es en no haber oído nunca hablar de una astrología mapuche, situación apoyada por la tesis del filósofo croata Juan Benigar, quien después de cuarenta años de convivencia con los indígenas, sostiene que no tienen una noción abstracta de tiempo, espacio o causalidad, ni hablar entonces de un orden astrológico, aunque más no fuera intuitivo.

            Cómo conjugar entonces estas declaraciones con el sencillo discurso del anciano Marinau, que me habla tranquilamente de que los nacidos en Mayo tienen suerte, que un triste destino acompaña a los nacidos en Marzo, Agosto y Octubre, que los nacidos en luna nueva (chomcuyen o huecuyen) salen flacos y de corta vida, que los de luna creciente (purncuyen) o llena (aponcuyen) son grandes, de mucha suerte y vitalidad, y los de luna menguante (nagmencuyen), de poca. Que así como un recién nacido lleva el nombre de aquello que estaba cerca (en una maravillosa connivencia y aceptación de lo dado, el sentido por contigüidad), la madre mapuche, que siempre va a parir mirando al Este, observa el astro que también nace en ese momento, ya que será la guía perpetua del recién nacido, quien lo podrá consultar en momentos de necesidad. Cuyen (la luna), Wuñelfe (el lucero) y Melihuanlen (“las cuatro estrellas”) determinan el sexo, desarrollo y duración vitales, denotan la calidad de la salud, fertilidad, luz, animales, pasto y espíritu. Todo esto, dice Marinau, lo saben las machi.

            El cacique Vicente Puel, desde siglos de ultraje y depredación, con su mirada altiva y acusadora, nos pregunta: “¿De qué nos sirve contestarles? ¿En qué nos van a ayudar?”. Nuestra respuesta, por obvia, es balbuceada. Un abismo cultural nos separa, pero sobre todo, un abismo de intereses. Invocar el amor al conocimiento sería engañapichanga. Tan o más salvaje que Roca o Sarmiento en esta micro-conquista del desierto, excursión a los indios mapuche, me vienen las imágenes del pillaje, los violadores de cementerios indígenas, mercenarios que se hacen la América en los anticuarios de San Telmo. El cacique, desafiante, nos informa que ya hacía tiempo sabían de la sequía y la erupción del Lonquimai. Por las estrellas. ¿Las machi? No, otros hombres se dedican a eso. Stop.

            ¿A qué estamos jugando? ¿Sabrá qué quiero que me conteste? El director del museo nos había prevenido que el paisano ya era muy ladino en esto de adivinar qué quería que le dijera el huinca, para así ligarse un tintillo (pieza indispensable de la dinámica política austral, cuya mágica accesibilidad está financiada por los estancieros patagónicos). ¿Son entonces las nieblas del alcohol, la injusticia y el sojuzgamiento, o hay, como sostiene Ibarra Grasso, sociedades secretas masculinas resguardando herméticamente un saber preciso? ¿Hasta qué punto mis preguntas no condenan a las respuestas? Quizás estén inventando ahora para mí, en mi honor, quizás estén  haciendo astrología.

            Oswald Wirth dijo alguna vez que adivinar es imaginar con justeza, y papá Jung, que lo desconocido se nos presenta como campo óptimo para la proyección inconsciente, para la expresión de nuestra esencialidad. Sin ir a algo tan lejano como las constelaciones, la nigredo o los mapuche, la cacofonía que rodeó a la aparición del SIDA se nos enrostra como un ejemplo fascinante. ¡Interpretaciones para todos los gustos! O como diría Foucault, para todos los deseos.

            Géminis-Géminis en XII (¡oh, astrología de salón!), preso en los laberintos de mi mente, tratando con estas líneas de dibujarlos, de ordenarlos, para así quizás encontrar un sentido. La salida.

 

 

                                                                   VI

            La cordillera, imponente, con su maravilloso equilibrio entre el gótico y el románico. Por entre el verde tapiz de los bosques, elevándose, las araucarias, enormes dinosaurios orantes. Connubio del color y el pastel, armonía originaria del sereno agreste, todo resume intensa y quieta completud. La teluria se me conjuga con mi barrio natal europeizante: sobreborda saber que no hay nada que envidiarle al Olimpo o al Walhalla. Las rectas que trazan los rayos del sol ordenan la policromía del entorno, y su quedo murmullo evoca una letanía. ¡El mundo deviene ecclesia y re-ligere! Tentando la fuga de Dédalo, intento beber las aguas del Leteo, busco rastrear la experiencia primigenia de los caldeos y los griegos. Del mapuche. O para ser más correctos, invento la mía.

            Acá, donde los elementos se mezclan en perfecta proporción, en un fértil diálogo de mutua aceptación, todo es posible, ya que así como ellos se funden, yo, que soy uno más, soy ellos y me hablan a mí. ¿Cómo no comulgar con esta luna, este sol y estas estrellas, con sus ritmos, sus movimientos y su charla, de la que soy locutario absoluto? Esta agua, este có, que baja desde las blancas alturas entre árboles y peñascos escondidos para alimentarme, para limpiarme, para reflejarme y para sosegarme, me dice que todo, entones, es uno.

            Se define al mapuche como esencialmente poeta, y su lengua así lo atestigua. ¡Imposible no serlo con este entorno! Hay culturas en las que todavía no está el acto diferenciado del habla, en las que nombrar es hacer. En el cansado high-kitsch de mi posmodernidad, mitologizo al mapuche y lo supongo en la misma situación del gnóstico premedieval. ¡Tantas imágenes y conceptos, tanta bullente indeterminación, tanto para elegir y ordenar! En ese maravilloso caldo de cultivo cristalizó ese prodigio de sincretismo que es nuestra bella Astrología.

            Cuando traza los cuadrantes, el mapuche ordena y re-crea. Define una melodía de entre el entorno polifónico, y luego la usa como mapa y ladrillo: hasta antes de tomar el mate, salpica a los cuatro puntos cardinales, siempre desde el Este y en el orden riguroso de la marcha solar. Hoy, el hombre de ciudad busca orientarse entre tanto ladrillo y tanto mapa acumulado a través de los siglos, y a la inversa, se vale de una flor o una estrella. A alguno no le alcanza, y necesita de una estrella mapuche. El hombre como dador de sentido, ángel - máquina - animal significante y significado, puro estar ahí, encadenado irremediablemente en la lábil y ubicua barra divisoria del algoritmo de Saussure (“signo = significante / significado”).

            Todavía hoy se polemiza sobre si se corresponde mejor Saturno, Urano o Neptuno con el oficio del astrólogo. ¿Pero qué pasa con Plutón? A más de medio siglo de su descubrimiento, se nos devela, inquietante, la imagen sugerida por Maggie Hyde, el astrólogo instalado en el centro de la telaraña del destino.

            A la hora de rectificar una carta, asumido el inmenso e inevitable desafío moral y metafísico que supone ya no sólo la responsabilidad de leer, sino también de escribir, elegir el instante físico, re-crear la aleación micro-macrocósmica, es inútil que apele obsesivamente a todo mi rigor politécnico, que rece humildemente o que invoque la mística del azar: llega un momento en el que hay que pronunciarse. El momento de decisión. Y decido. Confiando, como decía el místico, en que Él “me” vive.

            El astrólogo como Demiurgo: la astrología del Hades.

 

 

                                                                   VII

            Mefistófeles se nos escurrió de entre las manos como el mercurio de los alquimistas. Pocas horas antes de salir, nos encontramos sin dinero y en la perspectiva de un campo ignoto y sin guía.

            Sé que todo esto me quiere decir algo, pero todavía no oigo con claridad. Sí puedo percibir claramente la límpida matemática del clave bachiano. ¿Sería ésta la música que buscaba Kepler cuando encontró sus tres leyes del movimiento planetario? ¡A tanta cosmovisión podría estar expresando, según como se la considere! La ronda de Platón, Aristóteles, Leibniz, Spinoza, Hegel, Schopenhauer, Heidegger, Popper, Baudrillard... “La astrología es el estructuralismo más abierto”, dijo un semiólogo francés. Al remanido rótulo “pseudociencia”, yo replicba “metaciencia”. Pero, indudablemente, es metafilosofía. Y praxis.

            El tema de una astrología mapuche no ha sido tratado con rigor académico por nadie, que yo sepa, y, obviamente, mucho menos por mí. Es más que probable que algún investigador chileno hace rato tenga todas esas piezas "objetivas" que nos faltan. De ser así, ruego por su solidaridad. Pese a todo, creo haber hecho con estas líneas, de algún modo oscuro y extraño, astrología.

            Entonces, qué decir de esta tan, tan querida ciencia, arte, etc. (sobre todo etc.). A fuerza de ser honesto y a riesgo de ser hereje, sólo me queda confesar, parafraseando a nuestro genial urdidor de laberintos, ciego especular: "No nos une el amor, sino el espanto. Será por eso que la quiero tanto".

 

 

                                                                          EPILOGO

            Buenos Aires, enero de 2003. Este artículo, subtitulado “Atisbo epistemológico y topología de un signo”, fue escrito hace catorce años para la única revista de astrología que teníamos por aquel entonces, y rechazado por su editor. Años más tarde, tuvo la misma suerte con la otra única revista astrológica en papel. Desde su escritura ha corrido mucha agua bajo el puente. No recuerdo bien quién dijo: “Si mi amigo es tuerto, lo miro de perfil”. Entre otras cosas, mi relación con la Astrología pasó de la pasión y el espanto a un amor mucho más tranquilo, gracias a innumerables confirmaciones cotidianas, tanto vivenciales como “científicas”, y, por otro lado, a la posibilidad de haber hecho realidad una interacción más eficaz y plena con el medio.

            Así y todo, habiéndome topado ahora de nuevo con este escrito, sentí que prefería compartirlo, pese a ya no comulgar con algunas de sus conclusiones. Amén de que cada una de las anécdotas narradas en esta crónica ocurrieron “en la vida real”, el estilo me pareció infrecuente, y creo que a pocos puede habérseles escapado que esta humorada, con la excusa de hablar sobre la astrología mapuche, es una obrita literaria que se complace en describir autobiográficamente un tramo del camino de un signo zodiacal (en este caso, Géminis), y al mismo tiempo, proponer algunos temas de reflexión sobre nuestra propia Astrología Occidental.

Jerry Brignone

 

 

 

 

          

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