LA LUZ Y LA MEMORIA: GRECIA

 

 

I. Grecia antes de Grecia

 

 

Como tanta gente, mi contacto con Grecia se da más o menos desde que tengo uso de memoria. Aunque la situación es obvia con los que nacieron allí y casi siempre también con los hijos nacidos en el extranjero, para el resto en cada caso la ecuación es más compleja y diversa.

Mi abuelo materno era griego. Nacido en el sudoeste del Peloponeso a fines del siglo XIX, se fue a probar suerte a las Américas a los trece o catorce años. No me es claro si se fue por decisión propia o del padre, algo escuché de que no estaba teniendo el rendimiento escolar esperado, pero probablemente se debió a la miseria económica rural de un país pobre. Al parecer su padre encomendó inexplicablemente a otro hijo suyo que lo acompañara y partieron juntos: como suele ocurrir en estas historias de inmigración que se pierden en el tiempo, no sé casi nada sobre el proceso en sí y menos todavía lo entiendo. Lo que es seguro es que llegaron a Estados Unidos, más precisamente a Chicago, y mi abuelo mintió su edad para poder entrar al país, como tantos. Esto en casa se sabía a medias, pero la total claridad no estuvo hasta que casi un siglo después de su nacimiento obtuve la partida en el pueblito donde había nacido. Grande fue la sorpresa y relativa consternación de mi madre, que teniendo una versión muy distinta del año de nacimiento de mi abuelo, siempre le había angustiado que hubiera muerto tan joven y ahora venía a enterarse de que era todavía cuatro años menor.

No conozco casi nada de su historia, excepto que se casó con mi abuela, una norteamericana católica de padres canadienses (él de origen inglés y ella de origen francés). Mi abuela era dos años mayor que el griego, cosa rara en esos tiempos retrógrados, pero ni ella misma se enteró, dado que él declaraba algunos más. Aunque apenas lo superaba en edad, lo hacía mucho más en estatura y volumen: su corpulencia era equiparable a la del Monte Everest, y la habitaba una personalidad emprendedora y llena de autoridad, mientras que mi abuelo era en cambio de baja estatura y más bien esmirriado. La crisis del ’29 los golpeó duramente, como a casi todo norteamericano que no fuera especialmente pudiente, pero puesto que ambos eran muy trabajadores, lograron sacar adelante a sus hijos, es decir mi madre y su hermano menor. En el caso de mi abuelo, hizo bastante dinero haciendo carteles de neón en todas las fases del proceso, incluido el soplado, y como no era algo todavía tan común o industrializado, la falta de competencia en ese rubro pionero le facilitó el éxito.

Mi tío abuelo, al que mi madre llamaba Tony, volvió a Grecia ya muy mayor convertido en una especie de héroe: no se había casado, y casi todo lo que ganaba trabajando lo había enviado a sus hermanos y sobrinos para que progresaran. La mitología familiar, probablemente en este punto cierta, dice que gracias a él, varios pudieron costearse sus estudios y recibirse en la universidad, cambiar de casa o vestir mejor. De ahí tanta gratitud y que procuraran hacer todo lo posible para que, ya siendo muy mayor, pasara sus últimos años de vuelta entre los suyos con la mayor paz y felicidad posibles. Tony contaba que su hermano, mi abuelo Nikos (que en Chicago era Nicholas) fumaba regios cigarrillos, usaba trajes costosos y se comportaba como un gran señor, con cierto desdén por todos los demás. Presumiblemente no había enviado jamás un céntimo a sus parientes griegos, y de hecho tampoco frecuentaba tanto la colectividad y la iglesia como lo hacía Tony. Pero al parecer tenía sus razones.

En la tercera década del siglo XX, la Iglesia Católica Apostólica Romana no se destacaba por su amplitud y menos todavía en Estados Unidos, dada la postura rígidamente defensiva que adoptaba ante la mayoría protestante. Seguía muy en pie el anatema de herejía con el que hacía siglos se habían condenado mutuamente la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica. Desafortunadamente, mis abuelos eran ambos personas muy religiosas y cuando quisieron casarse les tocó en suerte un puñado de obispos más severos que los de costumbre ante el hecho de que ella fuera católica y él ortodoxo. Después de mucho ir y venir, se negoció una acuerdo que hoy parece obtuso, sino medieval: podían casarse en el rito católico pero sólo si mi abuelo renunciaba a educar a sus hijos en la fe ortodoxa y a llevarlos a los ámbitos que le eran afines. Por su lado mi abuela, con ese mismo acto de matrimonio con un hereje, quedaba automáticamente excomulgada de la Iglesia Católica hasta que falleciera mi abuelo, lo que significaba, entre otras cosas, que no podría volver a pisar un templo o comulgar hasta entonces. Tampoco con la Iglesia Ortodoxa las cosas fueron mejores: a él no lo excomulgaron, pero como vivía en el pecado y había renunciado a su fe, era persona non grata que era mejor que estuviera alejado de sus iguales. Como no había otra opción, aceptaron con un dolor que los acompañaría a cada uno hasta su propia muerte. Todo por amor, o algo así y que desconozco.

Mi madre creció así en una relación compleja con Grecia: su crianza era católica y de chica bien norteamericana, pero con las restricciones del tabú eclesiástico griego pesándole como un fantasma. Como adoraba a su padre no podía dejar de interesarse en su mundo, y las poquísimas veces que visitaron la colectividad, fue muy incómodo por la situación creada por el casamiento mixto. Cuando empezaba su adolescencia, mi abuelo le pidió a un sacerdote griego muy jovencito que le viniera a dar clases de idioma a domicilio y al poco tiempo ella quiso dejar las clases sin darle a sus padres un motivo razonable: décadas después me comentó que era por el fuerte mal aliento del pobre muchacho. No pasó mucho tiempo antes de que a mi abuelo lo sorprendiera una enfermedad masiva y terminal que se lo llevó en pocos meses, tal como lo predijo a mi abuela una vecina griega leyendo la borra del café usando poderes que después le transmitió con eficacia (doy fe) a mi madre. Y en cuestión de semanas conocería a mi padre, un joven argentino nieto de italianos e ingeniero de la marina que había sido enviado allí a realizar su doctorado en meteorología. Se casaron enseguida, y después de un par de años de idas y venidas de Estados Unidos a Argentina, incluyendo tres estadías de seis meses de mi padre en la Antártida mientras nacían sus primeros hijos, finalmente se afincaron en forma definitiva en un suburbio residencial de Buenos Aires llamado Martínez.

 

La lengua griega

 

Mi madre no hablaba todavía mucho español, aunque hacía grandes esfuerzos para aprenderlo. Con mi padre tuvieron la curiosa iniciativa, por la cual nunca voy a estar suficientemente agradecido, de hablar a sus hijos exclusivamente en inglés: la idea era que así incorporaban sin esfuerzo una segunda lengua de prestigio (fueron visionarios, porque en ese momento el norteamericano no era tan bien visto como el británico), y la lengua vernácula se aprendería de todos modos afuera en la calle, el colegio y el contacto con amigos y la incipiente televisión. Los primeros cinco o seis años de mi vida el castellano estaba todavía prohibido en casa, y mis padres habían inventado una especie de juego en el cual a cada uno se le daban inicialmente una cierta cantidad de puntos, y cada vez que era sorprendido hablando español en casa, se le quitaba un punto con la fatídica frase “One point less”. Los domingos se contabilizaba cómo estaba el puntaje de cada miembro del grupo familiar, porque supuestamente quien tuviera más puntos, en cierto momento se le pagaría un viaje a Estados Unidos. Aunque estábamos en Buenos Aires y mi padre había sido militar argentino, de puertas para adentro la crianza era en todo completamente yanqui (o gringa, como escuché decir a gente de más edad), y se nos educaba en una especie de idolatría a ese país. Aunque por supuesto el juego era un engaño descarado que gradualmente perdió su poder de persuasión, de manera que en un momento mis hermanos se rebelaron y el inglés dejó de ser la lengua oficial. Pero todos aprendimos mucho de esa farsa, y todavía hoy me llena de gratitud poder leer y hablar ese idioma tan útil cuya gramática me parece deleznable y la mera idea de su aprendizaje formal me resultaría bajo todo punto de vista intolerable.

La mala yunta de la halitosis del joven sacerdote y las exigentes condiciones idiomáticas del nuevo lugar al cual debía poner toda su energía en adaptarse, llevaron a que lo poquísimo que pudiera haber sabido mi madre de griego quedara en el olvido y que en casa no se hablara ni una sola palabra de esa lengua. Pero debo rectificarme, porque una palabra había, famosa, portentosa y alucinada: cuando mis padres se peleaban, es decir todos los días y con la mayor violencia concebible, siempre llegaba un momento en que mi madre levantaba presión y se levantaba en forma amenazadora y triunfal, diciéndole en inglés algo así como: “¿Y ahora sabés qué te digo?”, y tras una pausa como un crescendo orquestal en la que se llenaba de cuanto aire podía mientras nosotros nos agarrábamos a la silla más que expectantes porque bien sabíamos lo que iba a suceder, finalmente le espetaba con sonoridad: “¡Skatá!”, alargando operísticamente con toda la furia la última vocal, mientras nosotros reíamos a carcajadas de lo ridículo de la situación y para exorcizar el terror que producía la intensidad de esas explosiones emocionales que, no por reiteradas o conocidas, dejaban de ser un aspecto agobiante de la violencia cotidiana. El memorable “skatá”, que quiere decir “mierda”, es entonces la primera pieza léxica que puedo evocar conscientemente de la lengua griega.

Hay otra menos teatral en su intensidad y con menos público vibrando con ella pero que quizás pudo calar más profundo mí, dado que según el psicoanálisis revivía una escena arquetípica de la tragedia griega. Tengo vívidos recuerdos de estar con cuatro o cinco años de edad en la cama de mis padres para que me cortaran las uñas, desnudo, con el temible alicate. Algo debía pasar entre mis piernas, porque mi padre señalaba mi miembro con el alicate y hacía gesto de que me lo iba a cortar, diciendo: “¡Putsaki!” (pitito). Y yo recogía las piernas a la defensiva, gritando y riendo, en parte aterrorizado, en parte siguiendo el juego a mi padre, que parecía estar bromeando. Y él volvía a arremeter: “¡Putsaki!”, y así seguía el juego, bastante desagradable. Mi madre, poco conocedora de Freud, le decía en inglés: “John, tené cuidado, hay casos en los que un padre sin querer se lo cortó de verdad.” Con tamaño reaseguro, mis terrores se amplificaban y multiplicaban al punto de convertir a “putsaki” en sinónimo de pesadilla. Pese a mis vastas lecturas de psicología, que durante años me interesó mucho, y mis largos años de terapia, nunca pude ni quise detenerme a profundizar en qué ocurre con esas dos palabras griegas, mierda y pitito, que en mi historia personal son cronológicamente arquetipos.

Pensándolo mejor, hubo también otra palabra griega, muy importante por su ausencia. Era el apellido de mi abuelo, Zómbolas. Apenas mis progenitores pensaron seriamente en casarse, tanto mi padre como todo compañero con oídos vieron como un gran problema la fonética argentina del apellido de la novia: en la pronunciación local, Catherine Jean Zombolas de Brignone derivaba inevitablemente en “tal y tal son bolas de Brignone”. No era un tema menor, la Armada Argentina era una paladina del qué dirán, de modo que autorizaron el casamiento en la medida en que se modificara el apellido, desde luego antes de la boda, y hubo que apurarse con las autoridades de Chicago para justificar y hacer el cambio, cosa nunca fácil. Se reemplazaron las “o” con “a” y así quedó hasta la fecha. La anécdota no se contaba mucho cuando era chico y, aunque no estaba rígidamente oculto, supongo que era un asunto delicado. Con el tiempo yo recuperaría ese criptoapellido en mi seudónimo para la escritura teatral y con esa función sigo utilizándolo todavía hoy.

Las otras poquísimas palabras que pudieron luego aparecer venían exclusivamente del léxico culinario, pero fueron contadas, ya que mi casa no era la del típico descendiente de griegos donde se cocinan muchos platos tradicionales siguiendo algún secreto familiar. Recuerdo los diplas, esas galletas hechas con masa chirle de harina y jugo de naranja tirada sobre el aceite hirviendo y luego empapadas de un jarabe de agua y miel. O también los dolmas o niños envueltos con la salsa de huevo y limón, o cierto plato que a mi madre le gustó hacer toda la vida y que era un guiso de calamares con arroz, salsa de tomate y mucha canela y limón. Jamás ninguna cocinera griega me supo decir si eso existía y de dónde era, pero aparentemente a mi abuelo le gustaba. Algo parecido pasó con sus aceitunas a la griega maceradas con muchísimo ajo y orégano: cuando estuve entre griegos, me pareció que de griegas no tenían nada, pero después me enteré que eran la especialidad de algún lugar, ya olvidé de dónde. Y creo tener un recuerdo vago de cuando hizo musaká siguiendo algún libro de recetas, porque entre las múltiples manías coleccionistas de mi madre se hallaba la de libros de cocina, los más variados y numerosos imaginables y que incluían al menos dos de cocina griega. Como sea, de su musaká no me acuerdo nada.

Pero es en el ámbito de la música de donde tengo recuerdos más agradables. Mi madre gustaba mucho de escuchar día y noche música que podría llamarse ligera, es decir, fragmentos musicalizados por André Kostelanezt, Ray Conniff, Percy Faith, Caravelli, álbumes selectos del Reader’s Digest y otras por el estilo. Había en el montón unas poquitas músicas griegas, así como el recital de la mítica visita de Theodorakis a la Argentina con la Farandúri en 1973, y era muy evidente la particular carga de valor y significado que ella les daba. Como yo la quería mucho, sin pensarlo le seguía la corriente y esos temas musicales adquirieron un plus mágico y especial que le otorgaba un aura luminosa a la idea de Grecia.

 

Otra imagen igualmente cargada de positividad era la del médico de cabecera de casa, el doctor Ulises Jorge, nacido en Brasil de madre griega y que asistió a mi parto. Paradigma de hombre buenazo y cálido que contenía a mi madre con todos sus conflictos domésticos, a veces le hablaba en griego, desde luego yo no entendía nada y creo que mi madre tampoco. En un momento de mi vida, ya grande y plenamente poseído de la manía griega, me obsesioné por unos meses con la idea de que él era mi verdadero padre. Por suerte y por insistencia de mis amigos, me curé gradualmente de ese delirio con sólo mirarme al espejo. Para completar el cuadro, los otros dos griegos que había en mi barrio me eran también muy simpáticos. Uno, el clásico quiosquero afable que por eso lograba que uno prefiriera comprarle a él. El otro, el sastre que mi padre visitaba periódicamente y a donde a veces me llevaba para hacerme algún arreglo. De fuerte acento extranjero y muy cordial, subir a su pintoresco reducto era como entrar en un mundo distinto que daba ganas de conocer mejor.

Prácticamente apenas comencé a leer me aficioné desmesuradamente a hojear durante horas las páginas de las enciclopedias de casa. En otra parte ya hablé algo de esto, pero fue allí que desde los primerísimos años de escolaridad me familiaricé con las imágenes de la estatuaria y la arquitectura de Grecia, las historias de los mitos y las tragedias, y las diversas referencias a su rica y compleja historia. A los nueve o diez años, preparando para el colegio un tema de civilización griega, un día me sucedió una especie de súbita maduración intelectual, un despertar acompañado de una sensación de euforia muy novedosa y estimulante que en adelante no podría evitar asociar con ese tema. Luego, cuando a los trece años me volví un operómano irredento y me enamoré de la greconorteamericana María Callas, a través de su pintoresca vida y de sus interpretaciones (particularmente Medea) empecé a conectarme nuevamente con la onda griega y en el último año del colegio secundario habría de escribir un cuento que tenía como tema una recreación fantástica de la Medea de Pasolini con la Callas. Pocos meses después caló más profundo cuando, buscando obras de teatro para escenificar con mi grupo, leí cientos y cientos de piezas y naturalmente pasaron las principales tragedias clásicas, así como las reelaboraciones de los dramaturgos franceses modernos. Después no tengo ningún recuerdo especial de Grecia por algo así como cinco años. Cuando retornó, fue por la puerta grande.

 

 

Una ayuda angélica


Para lo que iba a ser mi primer emprendimiento escénico sin un contexto grupal previo, elegí hacer la versión teatral de ese cuento, a la que intitulé “Ignea Medeas”. Obra ambiciosa que estaba condenada a priori por las elevadísimas expectativas y pretensiones absurdamente irreales que tenía respecto de mí mismo. En otra parte hablo con bastante detalle de ese proceso, aquí sólo quiero narrar un evento que supuso el inicio de un camino importante en mi camino helénico. En 1985 no había todavía videoclubes ni existía la noción de DVD, ni hablar de Internet. Yo había visto dos veces la película en que se basaba mi cuento y la obra de teatro (suficientes, porque toda buena película me imprime huellas auditivas y visuales extraordinariamente nítidas y duraderas), pero mi elenco no, amén de no tener ninguna mística con la Callas. Sentía que era imperioso que tuvieran una sumersión en el universo de la cinta de Pasolini, porque, sobre todo en lo que refiere a las escenas del mundo primitivo de Medea antes de conocer a Jasón, muy importantes en la obra de teatro, sentía que la esencia sólo podía ser encarnada por ellos adecuadamente si contactaban la fuerza única del clima original. Me devanaba los sesos sin saber cómo lograrlo y preguntaba aquí y allá sin resultado. Tampoco podía dedicar demasiado tiempo al tema, ya que estábamos en los últimos ensayos y se habían acumulado innúmeras tareas y problemas como consecuencia del delirio desbordado que había originado el proyecto.

A una semana del estreno desesperaba de lograr que mis actores contactaran esa pieza esencial del espectáculo que era la película que la obra teatral replicaba y alrededor de la cual giraba en su totalidad. Y una tarde, en las oficinas en donde yo trabajaba, un señor muy amable de apellido Kramer que se dedicaba a pasar por negocios y empresas con su maletín ofreciendo copiado de cassettes de audio (creativo pionero de la piratería informática moderna), escuchó mis desoladas cuitas y me ofreció enseguida el teléfono de una clienta, “una señora griega muy generosa con muchos contactos que se especializa en resolver problemas a la gente de la cultura”. La llamé y encontré a una persona de gran vivacidad y energía que me escuchó con suma atención. Me dijo que iba a encontrar una pronta solución y que me contactaría. A la mañana siguiente, me llamó para decirme que esa misma noche teníamos una función privada de la Medea de Pasolini en una sala VIP de proyección.

Casi sin dar crédito a mis oídos, convoqué de urgencia a todo el elenco y fuimos, temblando por la emoción de finalmente poder ver juntos la causa de la locura en la que nos habíamos embarcado en las últimas semanas. Conocí en persona a nuestro ángel tutelar que, como correspondía, se llamaba Angélica, de apellido Paraskevaídis. Había logrado la sala en un periquete apelando a sus famosos contactos (una de las cosas de las que le gustaba jactarse, vanidad bajo todo punto de vista perdonable), en este caso el de Claudio María Domínguez, también allí presente, el chico Odol devenido en animador y empresario con contactos en la Cinemateca Argentina, con el cual habían hecho juntos algunos actos y espectáculos. Esa noche fuimos a comer juntos el elenco y Angélica como celebración y agradecimiento por su magnífico favor. Allí nos contó dicharachera y orgullosa el episodio de cuando María Callas había ido a comer a su casa. Fue en 1949, en la única ocasión que la Callas vino a cantar a Argentina. Angélica había ido con el marido a saludarla después de la función al camarín del Colón, siendo los únicos griegos que la habían contactado (detalle que muestra que la desidia cultural heleno-argentina es de larga data), y María estaba encantada de poder hablar su otra lengua materna. Cuando los Paraskevaídis la invitaron a comer a algún restaurante, la Callas dijo que moría por un pollo casero a la griega, es decir, con salsa de huevo y limón. Angélica le dijo que por supuesto, que en una hora estaría listo. Así que a la una de la mañana llamó a su casa y se armó un gran revuelo, con todos preparándola para la visita y cocinando el pollo, que terminó siendo un éxito memorable.

En un par de ocasiones, tales como homenajes a Callas, la escuché años después volver a contar la anécdota. Y no era para menos, pocos podrían contar en primera persona una historia así y tenía todo el derecho de estar orgullosa por ello. Pero como anécdotas por el estilo no eran comunes ni por asomo en el resto de la comunidad griega local, ella y su marido eran no sólo admirados sino, sobre todo, envidiados al punto del odio. Como sea, el día del estreno vino invitada por nosotros, junto con cuatro amigas de la misma edad o más. Me daba un poco de vértigo que en la escena inicial misma un hombre completamente desnudo fuera masturbado por tres chicas hasta la eyaculación y luego sangrientamente destripado a dos escasos metros de estas señoras mayores paquetas sentadas en primera fila. Pero aparentemente les gustó, porque volvieron la función siguiente, las mismas o ella y otras amigas, no sé. Cosa que no le gustó nada a la dueña del teatro, una señora de cierta edad demasiado prolija en las minucias del centavo y que no podía ver más allá de sus ojos: la sala no estaba llena, a esta gente le debíamos favores y no estábamos en condiciones de pagarles nosotros la entrada, de modo que no volver a dejarlas entrar gratis era de una miopía miserable tal que en ese momento me superaba. Tuve que llamar a Angélica y explicarle el escenario que se había creado, deshaciéndome en disculpas. Fue una situación muy incómoda que quizás yo no estaba en mi mejor momento como para lidiar correctamente con ella. Además era muy joven y extremadamente torpe en lo que refiere a las relaciones públicas, motivo principal por el cual en un momento llegué a dejar la actividad teatral. No volví a tener noticias de Angélica por más de una década y lamento no haber tenido la mínima delicadeza de llamar durante esos años para saludarla: desgarbados egoísmos de juventud.

Después del infierno de “Ígnea Medeas” efectivamente casi dejo el teatro. Pero por esta obra recibí una propuesta de Laura Yusem, la famosa directora con la cual en ese momento estaba estudiando, invitándome a ser su asistente de dirección en un proyecto que se estaba gestando, una versión de la “Antígona” de Sófocles pensada casi como creación colectiva y con la pluma de Griselda Gambaro. Dije desde luego que sí y me involucré tanto que luego me nombraron también productor ejecutivo. Hubo satisfacciones, empezando por la de un trabajo más convencionalmente profesional que lo que había hecho hasta entonces: primera vez que cobraba por hacer teatro y por añadidura lo hacía con figuras muy destacadas (además de Laura y la Gambaro, su marido, el famoso escultor Juan Carlos Distéfano, y la escenógrafa Graciela Galán, que diseñó la maldita jaula de hierro que protagonizaba el espectáculo y que por tres años fue mi peor pesadilla), así como en espacios mucho más prestigiosos que aquellos en los que había hecho teatro hasta entonces: el Cervantes, la Goethe, los Teatros de San Telmo, el Festival de Córdoba y, muy fugazmente en mi caso, el San Martín. Menciono esta obra porque involucra una tragedia griega y marca una continuidad con lo anterior, aunque no recuerdo que hubiera habido nada particularmente helénico en mi vida por entonces. Tuvieron que pasar algunos años antes de que empezara la inmensa ola que no paró hasta hoy.

A veces las cosas aparentemente más triviales e inconexas pueden producir avalanchas de sentido y de significación. No me convencen la teoría del caos y del efecto mariposa: como los griegos, prefiero creer en el destino. ¿Quién podría suponer que todo lo que he hecho en dos décadas de intensa relación con esa cultura que se apoderó de mi vida con toda la furia surgió de unos intercambios aparentemente banales en un consultorio odontológico?

 

 

En torno

Entre fines del 92 y principios del 93 me estaba haciendo un largo tratamiento con mi nuevo joven dentista, Ernesto Kirschner, marido de una prima de mi mejor amigo. A medida que pasaban las sesiones era más consciente de una música celestial que me producía un gran bienestar, cosa no menor en la silla del odontólogo. En un momento avanzado del proceso, no pude menos que preguntarle qué eran esos sones tan agradables y me dijo que era música griega. Que no estaba seguro de qué era o quién la hacía, pero que le gustaba mucho y la ponía adrede, con otras músicas también armoniosas, para ayudar al paciente a relajarse. Yo comenté que tenía algo de ascendencia griega y que por algunos recuerdos de infancia esa música me tocaba especialmente. Él no tenía nada que ver con lo griego, sino que era judío de no recuerdo qué países de procedencia, pero igualmente le fascinaba. Quedó en que me iba a averiguar qué era lo que escuchábamos, de manera que yo pudiera entonces buscarlo. En una sesión siguiente me confirmó que era Nana Mouskouri y hoy no me cabe duda que uno de los temas era Athina. En los siguientes, seguimos conversando sobre nuestras aficiones musicales y sobre las músicas cercanas a la griega, tal como la árabe, la balcánica o la melódica italiana. Como antes de ir a comprar quería tener alguna forma de contacto más directo, le pregunté si conocía algún lugar, me parecía que los llamaban tabernas, en donde se escuchara esa música ejecutada en vivo. Me dijo que no, aunque le venían a la mente restaurantes árabes con show a los que no había ido jamás, y en otra sesión, con el fondo sonoro de la Mouskourí y del torno, me dijo que había averiguado y le dijeron que en Montevideo y Córdoba había un local con un gran cartel que decía taberna griega. Y ahí caí en la cuenta: ¡por supuesto, si yo lo había visto mil veces! ¿Pero cómo no había hecho la asociación correcta?

Lo poquísimo que vendían de música griega en disquerías no me convencía por su aspecto y seguía encaprichado en querer tener la experiencia viva y desde allí elegir: tales eran las tribulaciones que teníamos antes de Internet. Por otra parte, como obsesionarme no me cuesta nada, pasaba varias veces por la puerta del boliche del cartel, que se llamaba “Takis”,  y como parecía herméticamente cerrado y no veía entrar o salir a nadie, mi temor me generaba toda clase de ideas amorfas y extrañas. Además, soy terriblemente tímido e inseguro, hecho más relevante entonces que hoy, y no se me ocurría ningún amigo de los de entonces como para pedirle que me hiciera compañía para sentirme mejor parado. Todavía empecinado con la cosa, una noche logré comprometer a Camilo, uno de mis mejores amigos, de ascendencia árabe, a una salida de compromiso: taberna no griega, pero al menos árabe. Fuimos a El Beduino, un lugar clásico de cena-show de medio oriente, y desde luego me encantó todo: la música, la comida, el ambiente y el bailarín (que fue recíproco). Pero árabe no era griego, y seguía rezongando por la vida esperando que alguien me ayudara a resolverla. Finalmente una noche de junio o julio de 1993 logré convencer a Martín, otro de mis mejores amigos también bastante fuera de los cánones y que compartía conmigo la veta helénica pero en su caso desde el lugar exclusivo de la Grecia clásica, a que me acompañara a Takis pagando yo.
 

 

En la taberna


Habíamos llegado relativamente temprano, ya que no conocíamos los códigos, lo que fue bueno para relajarse e ir entrando en confianza. Después de un largo buen rato el conjunto comenzó a tocar con uno de ellos cantando (después me enteraría que era el Takis del cartel, de apellido Delénikas). Me gustó. Decididamente me gustó. Esperaba cada próximo tema con cada vez más ganas, mientras poco a poco iban sumándose nuevos parroquianos, que habrán llegado a unos treinta. Me sorprendió que algunos se levantaban y bailaban en la pequeña pista: generalmente danzas de dos o de uno, y también alguna más grupal. A medida que se iba caldeando progresivamente el clima, los bailarines se iban sucediendo, ninguno contratado para un show, sino los mismos clientes que asistían a la velada. Y lo que más me alucinó a medida que caía en la cuenta era la asombrosa diversidad de ese público: marineros que suponía griegos, claramente algunas prostitutas, gitanos en algunos casos de aspecto de cuidar, pero también ejecutivos de traje y corbata, y más llamativo todavía, familias enteras con sus viejitas venerables y los niños manejándose como en casa.

Cada uno pasaba y tenía su momento de protagonismo, y cuando no, miraba con respeto al que estaba en ese momento adelante. En ciertas rondas grupales participaban todos casi sin excepción, en una diversidad sociológica que me resultaba inconcebible en ningún otro contexto. ¡Y con esa música! Esa misma música que Jorge Luis Borges cantó en su poema “Música griega”, surgido de su atenta y reiterada escucha en ese mismísimo espacio donde yo estaba, cuando su esposa María Kodama tomaba clases de danza con quien después sería mi gran amigo, Jorge Dermitzakis, y Takis hacía trinar su buzuki y entonaba con su voz inconfundible esos temas hechos de puro espíritu. La comunión de esa música de las esferas con esa festiva convivencia en la diversidad por el otro, más una justa dosis de alcohol acompañando danzas tan vívidas y únicas, se me hacía en todo la figura de un paraíso aquí en la tierra, un arquetipo de lo totalmente posible porque de hecho estaba ocurriendo ahí. Si una palabra pudiera resumir lo que en ese espacio ocurría era “alegría”. Una alegría primordial como aclamación de la vida, simple y espontánea celebración de existir.

Un señor pasaba seguido a bailar con una gran creatividad en su forma de jugar con cierto prototipo de la virilidad y la dinámica de las figuras; con el tiempo nos hicimos amigotes, se llamaba Walter y no tenía nada de sangre griega. Mientras que una mujer extremadamente delgada, de rasgos muy afilados y muy poco agraciada en el sentido convencional, bailaba con un pathos inaudito que rayaba en lo divino una combinación de las figuras transitadas por los otros con movimientos libres de una belleza que parecía salida de un vaso helenístico del siglo I y que haría palidecer al fantasma de la Duncan. La siguiente ocasión que fui con Camilo, en un momento aparecieron dos machos imponentes, tanto por su actitud ganadora como por su belleza, uno de unos veinticinco, el otro de unos cuarenta, ambos bebidos y bailando como dioses, descaradamente seguros de sí. Cuando salí de la taberna, sabía que algo había sido profundamente conmovido dentro de mí y sin necesidad de meditarlo ni por un instante supe que había encontrado el mundo en el que quería vivir.

Fue una experiencia en todo sentido iniciática y la segunda visita que mencioné no tuvo que ver ni por asomo con la desilusión, como a veces pasa con estas cosas sino, al contrario, con una plena confirmación. No sé la fecha exacta, pero fui enteramente poseído en cuerpo y alma por el espíritu de la Hélade a los treinta y un años de edad y preguntándome en qué había malgastado mis treinta años anteriores. Fui corriendo a casa de mi madre a ver las pocas músicas que había y con los discos de vinilo pude hacer algunas grabaciones de muy baja calidad en cassette. Compré lo poquísimo que había en disquerías, fuere en CD o en cassette. Y si bien escuchar música griega me iluminaba el alma, faltaba algo más: aunque sea como espectador, había probado el fruto prohibido y ahora quería aprender a bailar y ser uno más con la gente de la taberna. Cuando algo me entusiasma lo pregono a los cuatro vientos, así que empezaron a llegarme datos: la pareja de alguien vinculado a mi trabajo estudiaba danzas griegas con una mujer llamada Estela que bailaba en un local nocturno griego en Perón y Suipacha llamado “Oniro”. La contacté y comencé a tomar clases particulares en ese espacio.

Debo admitir que me fascinaba el aire decadente de todas las tabernas griegas de Buenos Aires que llegué a conocer en sus últimos estertores y que desaparecieron hace añares por diversas variables económicas, incluyendo que los barcos griegos ya no atracan en nuestro puerto y que con los años los inmigrantes están cada vez más grandes o muertos. Remitían a otro mundo, un poco marginal y un poco encantado. Estela me enseñó lo que podía, aunque yo me empecinaba solamente en aprender variaciones del jasápico (el baile donde dos o tres tomados del hombro hacen unos pasos geométricos) porque el resto me fastidiaba. Y lo más importante, me grabó algunos cassettes con bastante música para practicar en casa, una mejor que la otra. Felicidad. De paso, además de ir cada tanto a Takis con distintos amigos, conocí “Oniro” en calidad de taberna, no muy entusiasmante pero no importaba: era griego. Casi lo mismo se podía decir de “Fandasu”, traducción literal al griego del “Imagine” de John Lennon, de quien el dueño era fanático. No había demasiadas más opciones: el famoso sótano “Alexis” de Cerrito y Santa Fe había perdido su antiguo glamour y ahora era un bar de coperas donde lo único que se escuchaba de griego era una versión paupérrima de Zorba una sola vez en la noche. Por su parte, el legendario “Skorpios” de Santa Fe y Rodríguez Peña, que tanto hizo delirar a Buenos Aires en los 70 y parte de los 80, ya había cerrado hace rato y todos los otros poco a poco languidecían.

Durante un buen tiempo Takis funcionó a salón vacío y finalmente tuvo que cerrar su local de la calle Montevideo para volver a abrir después en uno muy griego en Humberto I y Entre Ríos llamado “Salónica”. Lamentablemente no convocaba casi público, excepto las esforzadas chicas que hacían su trabajo nocturno y se morían de aburrimiento. A veces parecía que yo era el único que se divertía cuando acompañaba cantando las canciones mientras agitaba los brazos, llorando y riendo de alegría. Cerró y un año después se mudó a la taberna “Zorba” de Independencia a una cuadra de Entre Ríos. También era un puti-club pero con mucha mayor convocatoria, y venían no sólo algunos marineros sino también muchos gitanos, ladrones confesos muy divertidos y muy de vez en cuando algún griego local o descendiente. Recuerdo que en casi todas mis visitas la pasé fantásticamente bien porque ahí, además de beber con abundancia (vino tinto, porque mis pruritos con las bebidas blancas incluían el agua), por fin me animé a salir a bailar, y luego cada vez más. Como sentía que me tenían cierto aprecio y esto me daba confianza, junté fuerzas y pedí cantar en griego con la orquesta: mis tres caballitos de batalla eran Ta pediá tu Pirea, Paraponemena loguia y Bradiazi (las únicas cuya letra sabía lo suficiente como para animarme a entonarlas), que hacían su impacto.

En una de mis correrías tabernosas, en esta ocasión en una arménica-árabe llamada “Kisher’s”, ubicada en Córdoba y Escalabrini Ortiz y donde a veces tocaban algo de música griega, estando yo para variar ya completamente beodo y poseso de ese estado de divina desinhibición que sólo Dionisio sabe regalar a los mortales que le rinden adecuado culto, cayó acompañado de otra gente nada menos que el Turco, es decir el entonces exitoso presidente de la nación Carlos Menem, a quien como es sabido le gustaba la joda y no se privaba de nada. Luego del primer azoramiento, mientras algunas damas más osadas se turnaban para bailar con él un poquito de tsifteteli (el baile de la odalisca), de pronto se infiltró de la nada un figuretti descarado y se le plantó enfrente bailando también tsiftetelli a treinta centímetros con total desparpajo, mirándolo a los ojos con una gran sonrisa. Pasado un primer instante de desconcierto, el hombre público que era el centro de todas las miradas de la noche se rió y él también con su famosa sonrisa continuó bailando con el desconocido, que de más está decir que era yo. ¡Bailé el tsifteteli con Menem! ¡Con el Turco archiodiado, con Chucky, el muñeco maldito! ¡Prodigiosa inconsciencia de los sagrados efluvios báquicos, transgresores de toda barrera ideológica y moral! Como fuere, si bien en esa época yo tenía todavía mis encantos y lograba algún exitillo, la situación duró apenas un suspiro: a los instantes me encontré con que dos bellísimos hombres corpulentos me tocaban con suavidad y discreción, uno de cada lado. Y, sin tiempo a abrigar ninguna esperanza, con que mi cuerpo era firme y amablemente conducido fuera de la pista, y de ahí, una vez rescatada mi campera, fuera del local y de patitas en la calle. El guardaespaldas que tenía la campera en la mano me la dio haciéndome un guiño inconfundible, pero quedé solo, ahí afuera en la calle, con mucho frío. Y pensé… ¿bah, quién me quita lo bailado (que en esta ocasión aplicaba en forma bastante literal)? No he hablado demasiado del episodio porque era estética e ideológicamente un quemo, desbordante de grasa por todos los costados. Pero hoy, veinte años después, al igual que el clásico “ooopaa” helénico tan festivo, supera cualquier juicio desde donde se lo mire.
 

 

Las gracias


En mi encuentro pasional con el mundo griego sufrí horrores, que es algo de esperar por la pasión: si no ocurriera hasta resultaría sospechoso. Reconozco sin embargo que con este tema he sido un hombre extraordinariamente afortunado, receptáculo de todo tipo de bendiciones de esos dadivosos dispensadores que son los dioses. Bailé un tsifteteli burlesco con el Presidente de la Nación; actué fragmentos de Edipo Rey en griego en Epidauros en el punto exacto de su mítico milagro acústico, de verdad escalofriante; me saqué fotos corriendo completamente desnudo en la pista de atletismo en Olimpia y bañado por el dorado sol del atardecer de primavera (quien las sacó fue el único testigo, pero están las tomas para probarlo, celosamente guardadas); pasé varios días de hambre en diversos monasterios del arcano Monte Athos, compartiendo con los monjes largas misas de cuatro horas de parado que empezaban a las tres de la mañana, mientras cantaban a mi lado sus coros estremecedores en una oscuridad apenas sesgada por un cirio; compartí de igual a igual importantes escenarios en distintos espectáculos con figuras legendarias como el músico y cantante Takis Delénikas, el coreógrafo y maestro de maestros Jorge Dermitzákis y también con otro conocido coreógrafo y profesor, Nikos Kostakópulos.

Pude también rescatar el vínculo con una parte importante de mi parentela y gozar de la famosa hospitalidad griega en su sentido más genuino y de modo espectacular por parte de multitud de primos, particularmente los que me alojaron, así como maestros con los que había trabajo amistad en Argentina y tantos otros excelentes amigos; y por ello tuve la ocasión de comer todos los platos imaginables de la cocina griega en su versión casera cocinada especialmente para mí por mi tía en suculentas recetas para que conociera la proverbial variedad del país; organicé y llevé adelante con éxito un viaje grupal a Grecia de ensueño, muy bien diagramado, donde en poco más de dos semanas fuimos a decenas de puntos en hoteles de lujo y con guías de altísimo nivel, recorriendo paisajes de belleza indescriptible escuchando música inefable (como hice también con mis primos en la Arcadia con los naranjos bañados de oro bajo oscuros nubarrones de bordes fluorescentes, o el triple arco iris que me regaló Delfos, rodeándome); tuve la bendición de sentidas y sinceras amistades con personas hermosísimas, como la extraterrena y espectacular Jará Papamatzéu; Iórgos Pavlákos, el militante conmovedoramente consagrado a una noble causa; Greg Kavadías, tan lleno de positividad y entusiasmo y tantos más; pude no sólo contactarme con otros colegas astrólogos griegos, sino que mi presencia y mis ideas les dieron nuevas ínfulas para armar ahí por fin una asociación, por la que me están muy reconocidos; logré aprender por las mías esa lengua que tanto me obsesionaba, al punto de en ciertas ocasiones haber sido confundido con un hablante nativo y aprobar con calificaciones muy altas los exámenes oficiales más elevados del Estado griego; me dí el gusto de hacer una obra de teatro colosal y arquetípica como Edipo Rey en una versión mía muy compleja y bien recibida por la crítica donde durante cincuenta representaciones hablaba griego, bailaba y cantaba, jugando con insolencia eso de hacerme el mangas o compadrito griego; así como luego varias otras obras más en griego, bailando y recitando.

Dí clases de griego moderno primero en el contexto de una asociación helénica y luego en la Universidad de Buenos Aires, en un curso que es el primero en su género y único en la universidad, con una respuesta de cientos de personas; fundé y dirigí en la UBA una cátedra libre de estudios griegos y neohelénicos que ofrece cursos gratuitos excelentes y sin ningún tipo de precedentes, de manera que cubrió un vacío y abrió un camino; tuve la fortuna de que una gloria del helenismo en Argentina, Angélica Paraskevaídis, trabajara amistad conmigo y me considerara su continuador frente a su asociación; conduje por hace años Cariátide, entidad prestigiosa con la que compartimos ideales y que me dio todas las posibilidades que yo quisiera de expresarme con el helenismo; participé muchas veces invitado en innumerables actos públicos culturales, a menudo recitando; fui también invitado a congresos helénicos en otros países como Chile, Uruguay y Grecia, en los dos primeros como representante de la UBA; trabé amistad y colaboré con la excelente fundación Tsakos en Montevideo y su excepcional directora Margarita Larriera, otra positivísima heroína del helenismo; y no por estar último, menos importante, pude conocer y cultivar una hermosa amistad con otros filohelenos entrañables, como los sabios y cálidos Nora Schamó y Kostas Vernikos.

Podría continuar mencionando muchas otras bendiciones más íntimas que el pudor proscribe y que considero tan importantes como las anteriores. Cuando veo la larga lista de dones y me acuerdo que en tantos momentos estuve tan insatisfecho y expectante con todo este asunto porque sentía o creía que algo faltaba, sólo puedo decirme a mí mismo, con la llana sabiduría de Minguito Tinguitella: ¿Y vo de qué te quejá, tri trí?

Hoy no tengo ningún motivo de queja. Sólo de gratitud y estoy en gran paz con todo ello. Y como me acabo de extralimitar por demás en la programada linealidad de mi relato, recupero el hilo cronológico que perdí, llevado por el entusiasmo, y que había quedado en las angustias del 93 (los entendidos habrán captado aquí la alusión al famoso poema del Premio Nobel Giorgos Seferis, aquél que repite dos veces la terrible frase “a donde quiera que vaya, Grecia me hiere”). Angustias surgidas del fervor con que me zambullía con una avidez cada vez mayor en la música, la danza y todo lo que tuviera que ver con lo helénico, queriendo siempre más.
 

 

La serpiente en el Paraíso


En esa segunda visita a lo de Takis con mi amigo Camilo en la que habían aparecido tan cancheros esos dos espléndidos dioses descendidos del Olimpo, después terminamos yéndonos los cuatro muy tarde, en plena madrugada, en el auto de uno de ellos. Mientras enfilábamos hacia la oscuridad de la Costanera y subía cada vez más espesa la bruma ribereña, desde la compactera nos envolvía la sublime la voz de alguna cantante griega cuyo nombre no retuve. Más de una vez largaron, pedantes: “¡Pero la letra! ¡La letra! No es lo mismo si no se entiende la letra”. En el momento sentí que eran unos griegos truchos que querían con sus recursos baratos hacernos sentir incómodos y marcar una ventaja poniéndose por encima nuestro por el solo hecho de que éramos ajenos al idioma, de manera que no les dí mucha importancia. Pero la pérfida sierpe había inoculado su ponzoña, y con el tiempo, poco a poco iba a infectar mi paraíso al punto de creer que nunca más iba a tener paz hasta que pudiera entender qué diablos estaban diciendo en esas músicas que tanto me transportaban.

Averigüé dónde estaba la colectividad más cercana, que de hecho era la de Palermo, y me dijeron que fuera a hablar con el profesor de griego a tal hora. El encuentro no fue ideal: él no hablaba un castellano muy fluido y al parecer el único horario posible era a la noche temprano, cuando yo trabajaba. No nos entendíamos, yo estaba ansioso y la comunicación no funcionó nada bien. Me fui con una gran sensación de frustración y un diccionario de bolsillo griego-castellano-griego de tapa verde que me vendió y que ahora mismo estoy viendo desde aquí, apoyado en una mesa. Y aunque al tipo casi lo hubiera matado, años más tarde lo trataría un poco y lo frecuentaría cada vez más hasta tener el honor de conocer a un ser de una bondad sin límite y un perfil bajo envidiable, una especie de héroe y santo de la difusión de la lengua griega en Buenos Aires, el maestro Sabbas Roussalis. Chapeau.

Me dijeron de otra colectividad, pero el problema era el mismo: como trabajaba de noche, la cosa de momento también me estaba vedada. Por supuesto que me faltaba conocer otros lugares, pero no era fácil. Hoy, con la red informática y con una mejor organización de la FEPHA (Federación Pan Helénica Argentina), la federación que nuclea a todas las colectividades helénicas argentinas, la situación con la información ha cambiado de un modo radical. Pero en ese momento todo estaba disperso, inconexo y relativamente oculto. Los materiales que pudiera haber de música griega, restaurantes, tabernas, publicaciones, colectividades y lo que sea, había que ir haciéndoselos por cuenta propia. Muchos descendientes de griegos y filohelenos cultivaban su contacto con el asunto en forma casi exclusivamente solitaria, como un coleccionista apasionado de algún tema marginal que, aislado del mundo pero queriendo desesperadamente contactar a otros de su misma especie y no lográndolo, festeja con gran emoción cada vez que encuentra una nueva pieza para su colección. No estoy dramatizando. De hecho más o menos lo mismo les pasaba a quienes se les había dado de participar en las colectividades: la información no fluía. Por otro lado, en esa época no eran tan abiertas como ahora, había todavía un cierto sentido defensivo de pertenencia tribal, no muy proclive a incluir a filohelenos, los que en forma no oficial eran considerados poco menos que ciudadanos de segunda.

En las librerías no había gramáticas de griego moderno, apenas diccionarios griego-inglés en un par que se especializaban en idiomas, pero sí encontré libros de viajes, esos que en inglés se llaman “libros de frases”, con oraciones típicas de situación de viaje y su versión ortográfica y fonética en el otro idioma, así como vocabulario según la temática. Compré los tres o cuatro que fui encontrando y me hacía listas de palabras que me parecían importantes, además de ir anotando las pocas reglas gramaticales dispersas aquí y allá. Pero no encontraba la fuerza de voluntad para lograr sostener el aprendizaje con este método tan disparatado, por más que intentaba. Había trabado relación con un muy joven estudiante de filosofía de la UBA encandilado con sus estudios de letras clásicas que me ofreció enseñarme media hora de griego antiguo cada vez que nos viéramos con la condición de hacer antes media hora de latín, que le fascinaba (hoy allí lo enseña). Aunque odio el latín y me produce grandes resistencias, no pude negociar. Probamos un tiempo pero no funcionó, el griego antiguo no me interesaba tanto y media hora de lengua por semana es casi lo mismo que nada.

Finalmente logré encontrar una solución plausible. No recuerdo cómo llegué a ella, pero en Lavalle y Rodríguez Peña existían todavía las oficinas de Linguaphone, la conocida empresa inglesa de material de autoenseñanza de idiomas, y les había quedado un equipo de aprendizaje de griego moderno en venta. Era costoso. Para mis recursos de entonces, costosísimo, pero no había alternativa. Obtuve un préstamo en mi trabajo y me lo llevé a mi casa, muy orondo. Todavía recuerdo la primera vez que empecé a usarlo, porque también fue una instancia iniciática. Tuvo lugar aproximadamente en abril de 1994 y, luego de haber avanzado bastante con eso aunque sin haberlo de ninguna manera agotado, compré el sistema análogo de Assimil. Al volver de mi primer viaje traté de seguir consiguiendo otros, y después de haber contactado tantos, hoy puedo decir que el de Linguaphone era de lejos el mejor, por más que su estructura no lo deje entrever en una primera mirada. Fue hecho por importantísimos lingüistas ingleses y griegos con sólidas teorías sobre la lengua y el aprendizaje, incluido Kleanthis Arvanitakis, el responsable de Epikinoníste Elliniká, y todas las decisiones que tomaron en su elaboración son acertadas. Las cosas que pudieron haber quedado afuera son por suerte contempladas con intuiciones igualmente certeras por los creadores del método Assimil, supervisado nada menos que por Henri Tonnet, el estudioso francés de la lengua griega más famoso de los últimos tiempos. De modo que, sin saberlo, tenía lo mejor.

 

Estudié todos los días con entusiasmo y me lo llevé encima en mi primer viaje a Grecia, ya que iba a estar precedido por tres meses en la India. El último mes en ese país ya me había cansado un poco de las cosas que había encontrado en relación a lo que había ido a buscar, de manera que podía dedicar muchas horas diarias a estudiar griego para hacer más grata mi estadía en mi próxima etapa de viaje. Con Linguaphone alcancé a cubrir en la India, sin dominarlo, poco más de la mitad del método. Y al día siguiente de llegar a Atenas, cuando tomé mi primer taxi, el conductor me preguntó cuántos años hacía que vivía en Grecia. Le contesté la verdad: un día. Me preguntó entonces de qué país venía y de qué lugar de Grecia venían mis padres. Le dije que de Argentina, pero que en casa no se hablaba griego y que mis padres no eran griegos. ¿Y entonces por qué hablaba tan bien griego? Lo aprendí ahora en la India, contesté, con cassettes. Se molestó mucho, como si le estuviera tomando el pelo. Yo sentí, en cambio que había entrado al idioma con el pie derecho, aunque sin saber todavía que en las décadas siguientes se iba a convertir para mí en algo tan significativo.

Por la época de mis primeras visitas a las tabernas alquilé “Nunca en Domingo”, la excelente película de Jules Dassin con Melina Mercouri y música de Manos Jatzidakis, cuyo papel fundante en la revolución cultural griega del 60 y la corriente filohelénica mundial se sustenta en el extraordinario talento de sus creadores: a diferencia de otros clásicos como “Zorba”, es una película que tiene la extraña cualidad de no envejecer jamás y su guión es de una inteligencia y lucidez geniales. Alimentó la mística que se configuraba dentro mío alrededor de ese país soñado, así como el excelente documental turístico de la serie Viajar y Conocer (de lo mejor que vi en el rubro, habiendo visto mucho). El bailarín de El Beduino, el primer boliche árabe al que había ido con Camilo y con quien habíamos quedado amigos, me grabó unas músicas buenísimas que había conseguido en su reciente gira en Grecia. Como conocía a ambos, le pregunté si creía que debía seguir estudiando danza griega con Estela o acercarme a Jorge Dermitzakis, de quien tenía muy buenas referencias. Me dijo con prudencia que Dermitzakis aquí era un maestro de maestros (de hecho, uno de sus discípulos era el mayor de los dos sujetos con los que habíamos partido con Camilo desde Takis hacia la Costanera en auto, de ahí se entendía por qué bailaba tan bien), que había sido el maestro de Estela y que en estas cosas le parecía siempre más razonable ir a las fuentes. Busqué a Dermitzakis, fui su alumno particular, nos hicimos amigos y después compartiríamos muchas cosas, como cenas en casa, espectáculos juntos y demás. Siempre lo percibí pletórico de esa mística griega a la cual recién refería y que en él se encarnaba cabal y sinceramente con un entusiasmo que parecía que nunca apagaba la edad, cosa realmente admirable y que considero digna de ser modelada.

 

 

A la búsqueda de las raíces perdidas

Me había empezado a interesar por todo esto en mis ancestros griegos y le vivía haciendo preguntas a mi madre que no siempre podía responder, por desconocimiento o por olvido. Lo que llevó a que me empezara a ordenar la información armando un árbol genealógico, con todos los bisabuelos por parte de ambos progenitores, y que fue la excusa para intentar contactar a mis familiares en Grecia, con quienes no había vínculo desde hacía mucho tiempo y no había seguridad de que respondieran.

Mi abuelo Nikos se había ido de Grecia a los catorce años acompañado por su hermano Antonios, el Tony de quien mi madre guarda recuerdos entrañables. Pero como mi abuelo no cultivó el trato con el resto de su familia y Antonios no tuvo hijos, cuando mi madre se vino a vivir a Argentina los vínculos con los parientes griegos se volvieron muy lábiles. Antonios se fue a vivir ya muy grande a Atenas con sus hermanos y sobrinos y ella perdió el rastro. Se enteró con demora de su muerte, que lloró con dolor, por lo que no parecía que hubiera visos de ningún tipo de contacto con sus parientes en Grecia, en todo lejanos. En 1978 y siguiendo la corriente de la plata dulce argentina, como tantos compatriotas mis padres hicieron su primer viaje largo a Europa. Dentro de la típica gira de decenas de países, estarían sólo dos días en Grecia. Allí mi madre habló con el conserje del hotel y le pidió si podía ayudarla a buscar a sus primos, para lo que sólo contaba con el nombre de su padre y de su tío. Cuando abrieron la guía telefónica se encontraron con que había páginas y páginas del apellido Zómbolas y la tarea por delante parecía un trabajo de Sísifo. Pero el empleado fue no sólo amable sino providencialmente generoso y la suerte estuvo de su lado, porque apenas a la media hora de intentos, una griega que hablaba inglés reconoció los nombres y los datos generales y dijo que era prima de mi madre. Se arregló una reunión familiar para el día siguiente. Cuando mis padres llegaron a la casa de mis primos, a donde habían ido también varios otros familiares movidos por la curiosidad, se toparon con otro hermano de mi abuelo, tío de mi madre. Ella lo percibió físicamente idéntico a su propio padre y el duelo quizás no concluido cuarenta años antes hizo eclosión en un arrebato de llanto incontrolable que no dejó margen para casi ninguna otra cosa. Años después, muchos familiares la recordaban todavía como esa señora norteamericana que lloraba, lloraba y no podía parar de llorar. Continuaron escribiéndose saludos para Navidad y volvieron a viajar en 1986, pero por lo visto para ellos Grecia era algo tanático: mi padre comenzó a sentirse muy mal y cuando volvieron a Buenos Aires se desencadenó un estado terminal que se lo llevó en pocos meses. Con el tiempo ella dejó de contestar las postales de fin de año, de manera que al tiempo también ellos dejaron de enviarlas.

Escribí a mis familiares una prolija carta en inglés y aguardé la respuesta. Mientras seguía estudiando el idioma, bailando, escuchando música, yendo a tabernas y tratando de buscar y encontrar cualquier cosa que tuviera que ver con lo griego, tuve otro encuentro que fue profundamente catalizador e iba a cambiar por unos años mi vida. Mi pareja de aquel entonces me había regalado un librito comprado en una plaza con máximas sobre el amor de multitud de autores, incluido un tal Osho, cuyas frases me llamaron especialmente la atención. Contemporáneamente me estaba interesando en ciertas formas muy intensas de terapia que también estaban ligadas a ese mismo sujeto. Y más que rápida, vertiginosamente me sumergí en la obra intelectual y práctica de este místico y pensador hindú que había muerto hacía un par de años. Comencé a hacer sus fortísimas meditaciones con frecuencia y leía mucho su vasta obra. Llegué al punto en que estaba ya completamente rendido a los pies del maestro, arrobado en un estado de enamoramiento típico del discípulo con su guía, quien me sintetizaba con la mayor potencia y creatividad posibles todas las cosas más interesantes que había leído y descubierto en mi contacto con el esoterismo y la espiritualidad durante más de veinte años. Pensé seriamente en cambiar de vida, dejar Argentina e irme a hacer un nuevo camino en la India, en donde Osho había fundado su comuna. Siempre me habían gustado la música hindú y otros elementos de esa cultura, de manera que me resultaba grato pensar en ir a comenzar muy pronto una nueva experiencia allí. Por otro lado, un concepto central de Osho era el de Zorba el Buda, es decir la integración de la búsqueda de la plenitud en la experiencia física de Zorba el griego, considerada sagrada como tal, con la búsqueda espiritual del Buda en sus sentidos más tradicionales y trascendentes. Zorba.

Llegó la carta de Grecia con todos los datos genealógicos que pedía y muchísimos más. Me los mandaba una prima segunda de mi misma edad que se había casado hacía muy poco. La carta estaba acompañada de dos fotos: una de ella con su marido el día del casamiento (mis amigas y amigos no dejaban de señalar lo lindo que era él) y la otra, de la casa donde había nacido mi abuelo, en un pueblito rural. En la carta me decía que estaban las puertas abiertas para
cuando quisiera ir a conocer la casa de mi abuelo y a mis primos, que me estaban esperando. Las palabras sonaban sinceras, no sólo un mero formulismo. Pensé que,  considerando el período de inactividad de mi trabajo en el verano, podía ir primero a la India tres meses y después un mes entero a Grecia, ya que tenía dónde quedarme. Aunque por si acaso debía vaciar el departamento que estaba alquilando y meter todos los muebles en un cuarto en lo de mi madre, porque una vez en la India vería si me quería quedar a vivir ahí. O sino lo mismo después en Grecia, o qué haría de mi vida. Quizás quisiera volver.

Esto ocurría en 1995. El avión partió el 5 de diciembre.

 

 

 

Grecia después de Grecia: el ciclo teatral griego

 

 

Otra biografía griega

 

 

 

 

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